SI EN VEZ de ser designado por el dedo de Aznar, Rajoy hubiera ganado un congreso democrático y abierto, en el que podría haber tenido grandes opciones de vencer a Rato y Oreja, tal vez el resultado del 14-M hubiera sido algo diferente, pues ya no se le podría imputar toda la responsabilidad acumulada por el presidente saliente. Pero el PP ni estaba ni está preparado para respetar el artículo sexto de la Constitución, esa declaración retórica de que el funcionamiento y estructura interna de los partidos «deberán ser democráticos». La lucha por el poder en Madrid suponía un experimento de sustituir la dedocracia y los falsos consensos por la libre voluntad de los afiliados, cambio que algún día se tendrá que dar en la derecha española, escaldada desde el estrepitoso fracaso de Hernández Mancha, que derrotó a Herrero de Miñón en el congreso de AP de 1987. Curiosamente la democracia en el PP parece confinada a Ferrol, la ciudad gobernada por un alcalde, Juan Juncal, del antiguo sector crítico que se impuso en un congreso a los oficialistas que creían bastarse con la bendición de Fraga.