Don José Bono de la Mancha

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

BOUZA

NO NOS LO merecemos. No señor: después de haber tenido que soportar a Federico Trillo de ministro de Defensa teníamos derecho a esperar que el puesto pasara a manos de alguien presentable. Nos favorecía incluso el cálculo de probabilidades: era improbable que a un ministro nefasto le sucediera otro similar; y lo era, también, que habiendo desempeñado la cartera de Defensa gentes de la talla de Oliart, Narcís Serra o Eduardo Serra, el ministerio le tocara de nuevo a un político dispuesto a hacer de su gestión un esperpento. Pues bien: contra todo pronóstico probable, el esperpento permanece en el Ministerio de Defensa. Las trazas se vieron venir desde el principio -con aquella toma de posesión decimonónica y aquella condecoración urgente de ida y vuelta-, e incluso antes del principio: nadie que acepte que se diga de él lo que de Bono afirma el decreto por el que se le concede la medalla de oro de su Comunidad debería ocupar un Ministerio. La susodicha norma -un ditirambo sin precedentes en la historia jurídica española- proclama, entre otras lindezas del estilo, que Bono «ha hecho realidad un sueño contando con todos. Con Don Quijote y Sancho. Con el cura y el barbero. Con el ventero y el cabrero. Con Dulcinea y la sobrina». Ha debido ser, de hecho, ese afán voraz de contar con todo el mundo -salvo con los norteamericanos, por supuesto, ante los que nuestro ministro afirma, sin venir a cuento, no estar dispuesto a arrodillarse- el que ha llevado a Bono a convertir el desfile de la fiesta nacional en un puro disparate, que sería risible, si no constituyera un insulto intolerable. Porque ha venido a suceder que preocupado el ministro, al parecer, por algo que ya no inquieta por fortuna a casi nadie (la discordia entre aquellas dos Españas que hace tanto dejaron de existir) decidió montar un espectáculo, invitando a desfilar conjuntamente a un falangista de la División Azul y a un republicano de los que, con la División Leclerc, liberaron París del dominio hitleriano. Por lo que se ve, nadie en su ministerio o su gobierno se ha atrevido a decirle a José Bono que la concordia entre los españoles que lucharon en la guerra de 1936 nada tiene que ver con la equiparación entre los que pelearon en Europa del lado de los nazis y los que dieron su vida combatiéndolos. Que tal equiparación es una ofensa a la memoria de la lucha antifascista y una burla al auténtico significado de nuestra reconciliación. Y, ya puestos, que sin la ayuda norteamericana, cuya bandera fue expulsada del desfile de ayer con argumentos dignos de un dirigente peronista, las gloriosas tropas de Leclerc no hubieran pasado nunca por debajo del Arco del Triunfo.