DEBO LA VIDA a la Guardia Civil, como tantos españoles que necesitan que el Estado garantice los derechos fundamentales para vivir con dignidad y ejercer la oposición a determinados regímenes políticos con libertad. Pero mi experiencia con el benemérito instituto va más lejos que el simple reconocimiento a su trabajo como servicio público esencial. Los he conocido en su mundo, al que muchos políticos sólo acceden el día de la patrona, que yo también celebro con la misma alegría y emoción que cualquiera de las familias que viven en una casa cuartel de nuestra nación. Soy un paisano que me he criado con chicos hijos del cuerpo, que luego fueron a Valdemoro y hoy son oficiales hijos de guardia. Soy un ciudadano que necesito verlos en la carretera, en los caminos, en los muelles, entre las gentes de mi pueblo, de noche y de día, como la mejor prueba de cómo se garantiza mi derecho a la seguridad. Pero, tras más de veinticinco años en el País Vasco, les aseguro que puedo escribir un libro con las vivencias de una gente que son la mejor prueba de las virtudes del paisano de este país, cuando se le encomienda sacrificio y servicio para que la sociedad siga siendo un espacio convivencial. Me sorprende que nadie haga una valoración de coste-eficacia en este veterano instituto, sobre todo ahora que tenemos policías autónomas, que pagamos y que nacieron como alternativa moderna a lo que había. No me sorprende que muchos guardias sean hijos, hermanos y nietos de otros guardias, con un sentimiento de orgullo y con la máxima disposición a ir y estar en cualquier lugar, por difícil y arriesgado que pueda ser. Una vez se me ocurrió aconsejar que en la formación práctica de los nuevos jueces se contemplara patrullar en un coche sin camuflaje con una pareja de la policía o de la Benemérita, para que supieran a lo que se deben enfrentar en cualquier momento, y casi siempre en teórica inferioridad. El día que ETA asesinó al subteniente Parada, en Vitoria, y contribuí a una manifestación multitudinaria, para después ponerle a una plaza de la ciudad moderna el nombre de aquel gallego con tricornio, empecé a sentir que mi trabajo en Euskadi tenía sentido, ya que algo se movía hacia el cambio. Hoy disfruto en mi tierra de libertad, y lo cuento gracias a muchos héroes anónimos que viven en cuarteles de la Benemérita. Sigo llevando la insignia que me regalaron, en Vitoria, con honor.