Bush prepotente, desafiante

RAMÓN LUIS ACUÑA

OPINIÓN

DESPUÉS de sus primeros debates en la cumbre, George W. Bush y John F. Kerry siguen en tablas según los sondeos. Se daba por vencido a Kerry y fue quien salió mejor parado, le ganó por puntos a su adversario. También se enfrentaron los aspirantes a vicepresidentes de esta América indecisa dividida casi milimétricamente en dos. Más empates: el actual vicepresidente Dick Cheney, de 63 años, poderoso hombre en la sombra que mueve los hilos del poder, gran responsable de la invasión de Irak, astuto y hábil, no pudo sin embargo con el novel aspirante John Edwards. Y ello a pesar de que se considera a este último un bisoño en la alta política norteamericana. El suspense se perpetúa. Primera consecuencia: se mira minuciosamente, se escruta de dónde se pueden sacar votos. Es la oportunidad de las minorías. En este país hecho de aluvión y de inmigrantes se mima ahora, por ejemplo, a la población de origen hispano. Los latinos en general, los chicanos cercanos a la frontera con México, los descendientes de cubanos pueden decantar la elección del presidente de los Estados Unidos. Tienen en sus manos inesperadamente el desquite de inclinar el fiel de balanza con sus sufragios. Ocho millones de electores se hallan ante una ocasión única de hacer valer sus derechos y sus intereses sean del signo que sean. En vísperas de los comicios, América está indecisa, no sabe qué partido tomar. Y sin embargo hay algo nuevo -y muy importante- que debería obrar a favor de los demócratas y en contra de los republicanos. George W. Bush se basó en informaciones falsas en toda ciencia y conciencia para desencadenar una guerra, un acto gravísimo en todos los tiempos. Bush no dijo la verdad sobre las armas de destrucción masiva, alfa y omega de la decisión de entrar en combate y ya se saben las consecuencias de una mentira en las declaraciones de un responsable político norteamericano, sobre todo tan trascendentales como ésta. Afirmó que el dictador iraquí estaba en posesión de tales armas sin prueba alguna y precipitó por ello la intervención norteamericana en marzo del 2003. Sadam Huseín no las tenía y por tanto no constituía una amenaza inminente por mucho que fuera un dirigente que dejaba mucho que desear. En un alarde de los que sólo es capaz la democracia norteamericana, la CIA lo confirma ahora en un exhaustivo y concluyente informe de mil páginas. «Bueno, ¿y qué?», parece contestar un desafiante y prepotente Bush, el máximo impulsor y responsable de esta injusta guerra preventiva librada por razones económicas espurias. Por todo ello, si yo fuera norteamericano, no votaría el 2 de noviembre por Bush; no parece digno de un segundo mandato al frente de los Estados Unidos como no lo fue tampoco del primero.