PARA LA PRIMERA batalla electoral -cara a cara de Bush y Kerry -, comenzaba la tercera guerra de Irak. Fue la primera en 1991; la segunda, en 1993, y la tercera, los episodios de Nayaf, Faluya, Samarra y Sadr City, en el norte de Bagdad. Inevitable: Irak, materia centro del debate. El terrorismo como problema, recurso del presidente Bush contra John Kerry, el candidato demócrata a la presidencia. Si la prensa liberal de la costa Este votara, y con ella la removida opinión europea, el aspirante ganaría conforme la encuesta de Newsweek : Kerry tres puntos por delante. Las cosas pueden no ser exactamente así, pero a los medios públicos españoles así les gustaría que fuera. Aunque sea Kerry el candidato de la socialdemocracia europea, no es la causa ideológica de ésta la del aspirante demócrata. Kerry también habría hecho la guerra de Irak -dice-, bien que de distinta manera. Lo relevante, sin embargo, es que estas presidenciales americanas son bien distintas que las del 2000, de muy baja polarización. George W. Bush juega con ventaja. Define inseguridad partiendo de los atentados del 11-S, y vende determinación en la respuesta, aunque sea con la trampa actual de identificar la guerra contra el terrorismo -luego de la campaña de Afganistán- con la contienda contra el régimen de Sadam. John F. Kerry, en cambio, ha definido con precisión, pero sin mensaje de determinación como el presidencial. Los clásicos dirían que Bush ha hecho de la necesidad virtud. Insiste en ese camino. Para después ha prometido más de lo mismo, aunque con el asunto de las ADM (Armas de Destrucción Masiva). Irán y Corea del Norte, en el eje del mal , llevan todos los números. Determinación es el mensaje. Acaso por eso dice adelante a esa «tercera guerra» de Irak. Su baza es la mayoría silenciosa: callada incluso en las encuestas, sabida fuente de sorpresas. La pelota vuelve a estar más en el aire.