Don Quijote en Barcelona

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

BARCELONA va a homenajear al Quijote con motivo de su cuarto centenario. No es para menos, pues la ciudad mediterránea es especialmente glosada por Cervantes en varias de sus obras: «archivo de la cortesía», «en sitio y en belleza única», «honra de España», «ejemplo de lealtad»... Y no estaría de más que tales elogios del mayor escritor español se grabaran en las puertas de la ciudad como uno de sus mayores timbres de gloria. Allí, don Quijote visita una imprenta y teoriza sobre las dificultades de las traducciones, a las que compara con tapices vistos al revés; en consecuencia, esperemos que las lecturas se hagan en lengua española, sin ceder a los chantajes nacionalistas. Y aunque aún no se habían rebelado contra la política ilustrada del Conde Duque, ya don Quijote explica cuando se admira Sancho de los árboles llenos de pies y piernas: «Sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados, que por aquí los suele ahorcar la justicia, cuando lo coge de veinte en veinte y de treinta en treinta, por donde doy a entender que debo estar cerca de Barcelona. Y así era la verdad». Claro que el entonces jefe de los bandoleros era realmente honorable: Roque Guinart nada tiene que ver ni en lo noble ni en lo moral con otros no tan honorables cabecillas de ahora. Pero más allá de lo concreto, Barcelona se identifica simbólicamente con el espacio y tiempo más sagrados: el Oriente geográfico y el solsticio donde tiene su cenit un héroe solar como don Quijote. Es en su playa, como Iseo, donde el iniciado miembro de la Caballería espiritual prefiere morir antes que renunciar a su Ideal. El verdadero testamento moral de don Quijote y de Cervantes se enmarca en Barcelona. Ni ella, ni Cataluña, deberían renunciar nunca a los valores caballerescos de su pasado español.