Un congreso precipitado

| XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

01 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

AL PARTIDO POPULAR aún se le nota el noqueo. Pensaban estar en el Gobierno y están en la oposición. Trataban a ZP como un líder inconsistente y va camino de emular el endiosamiento de Aznar. Planeaban afrontar las elecciones de Euskadi y Galicia desde la euforia y se encaminan hacia dos malleiras memorables. Creían que estaban protegidos por la bandera de España, y todo se les ha quedado en la ilusión nostálgica que da título al congreso. Estaban convencidos de que la victoria del 14-M sería decisiva para forzar la sucesión de Fraga, y es la continuidad de Fraga la que pone a Rajoy en el ojo del huracán. Pensaban cobrar los réditos de la guerra de Irak y de su célebre excursión hacia el cogollo de la historia, y todo el conflicto se está convirtiendo en un tremendo alegato contra su belicismo inútil y moralmente execrable. Pensaban llegar al congreso en olor de unidad y llegan atufando a división y ajustes de cuentas. Creían tener un líder consolidado y sólo tienen un secretario general de emergencia al que el dedo de Aznar le pesa como una losa. Y en tales circunstancias es imposible evitar que el XV congreso del PP suene a nostalgia y a «España, lo único importante». Ya decía San Ignacio que «en tiempo de tribulación no conviene hacer mudanza». Y por eso no puedo entender que Rajoy haya precipitado un congreso que pone en evidencia todos los problemas y no resuelve ninguno, olvidando que, de acuerdo con el manual de las crisis, es mejor terminar la caída antes de reponerse contra el destino, y que el intento de remodelar la organización antes de rehacer el discurso es un error comparable al de guardar el vino nuevo en odres viejos. Quizá sea verdad, como dice Acebes, que la derrota del PP guarda estrecha relación con los atentados de Atocha. Pero ese hecho es compatible con la afirmación de que la reacción popular generada por aquella sangre destruyó hasta los cimientos el tinglado dogmático del aznarismo, hasta el punto de provocar un cambio portentoso en el ambiente político de España. Por eso el PP carece de un discurso coherente para Cataluña y Euskadi, para la reforma estatutaria, para la UE y la política exterior, para las reformas del Código Civil y para otras cosas que Aznar había radicalizado de forma exagerada e imprudente. Mi opinión es que Mariano Rajoy debería haber digerido toda la crisis -ideológica, estratégica y humana- antes de afrontar el congreso de la reforma. Porque sólo así habría evitado investirse de un liderazgo tan provisional como el que mañana recibe. Aunque también es verdad que él es joven y la vida larga, y que aún tiene mucho tiempo -de oposición, obviamente- para intentarlo.