EL ANUNCIO al que le he robado el título era, creo, de colonia. Aparecía en él una señora pistonuda en medio de la bruma; luego un señor de pelo en pecho, que salvaba a la interfecta de algún mal; y, ya para dar el puntillazo, una voz en off que decía en tono sicalíptico: «Vuelve el hombre». Tan entretenidos hemos estado estos días con la cosa de Baltar, que se nos ha escapado el notición de que también a la política española ha vuelto el hombre. ¡Y cómo ha vuelto! Por todo lo alto, sí señor. Por eso, mientras esperamos a que lo de Ourense sea Purísima Concepción o salga con barba, San Antón, no podemos dejar de ocuparnos de ese regreso inesperado. Porque sí, lo han adivinado, Ibarretxe y su plan, habitan de nuevo entre nosotros. El lendakari se presentó el viernes en el Parlamento de Vitoria y volvió a anunciar lo que a todos nos espera a plazo fijo: o su plan soberanista llega por navidad, como los turrores El Almendro , o el nacionalismo irá con él como programa a las elecciones autonómicas. Un programa que, para decir la verdad, es un reclamo para gentes hartas y asustadas: el de que si los electores le dan al PNV y aliados en el tripartito (en realidad, un bipartito que tiende a ser monopartito) la mayoría absoluta necesaria para aprobar el plan soberanista, aunque sea con los votos en contra del PSOE y el PP, podría terminarse la violencia. Tal reclamo necesitaba como agua de mayo, claro está, lo que a los dos o tres días se produjo: el anuncio de ETA militar de que los crímenes no desaparecerán del escenario. Lejos de mí toda sospecha de que el PNV y ETA actúen de consuno: ni lo creo, ni lo digo. No, sólo digo que para que los electores se convenzan, si ello fuera necesario cuando se celebren los comicios, de que el plan Ibarretxe puede acabar con la violencia es indispensable que la violencia, como realidad, o como amenaza permanente e insidiosa, siga vivita y coleando. Para completar el escenario el hombre volvió a repetir una promesa, que encierra una amenaza: la de que si aprobado su plan por el parlamento vasco, fuera rechazado por las Cortes, el lendakari convocaría un referéndum. Un referéndum, ilegal de cabo a rabo, que es más que una posibilidad, pues las Cortes nunca darán el sí a un plan que resulta clamorosamente inconstitucional y rompe la sociedad vasca en dos mitades. Sólo aquí hubo, en todo caso, una novedad en las palabras de Ibarretxe: por primera vez no dijo nada de que ese referéndum debía celebrarse en ausencia de violencia. Dijo otra cosa: que el País Vasco está ya en un escenario post-ETA. Lo que, lejos de ser incoherente con todo lo anterior, permite entender, de una vez por todas, por donde van e irán los tiros.