Miedo al miedo

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

AUMENTA el número de estadounidenses que se preguntan si puede salir algo bueno de vivir permanentemente bajo el síndrome de un creciente miedo al terrorismo. Y algunos ya han encontrado, si no la respuesta, sí al menos la pregunta: ¿No estará haciendo Bush su mejor inversión electoral al alimentar y mantener ese temor generalizado que lleva a la ciudadanía a volver sus ojos hacia el líder militar de la lucha antiterrorista que él mismo afirma que es? ¿No estarán todos siendo víctimas de una manipulación propagandística descomunal, que modifica e intensifica las alertas a capricho, con el propósito de mantener a los votantes en una continua inseguridad que les haga inclinarse en las elecciones del 2 de noviembre por el hombre fuerte que hoy ocupa la Casa Blanca? En otras palabras: ¿Es el terrorismo el problema, o el problema es el miedo al miedo que generan las continuas hipótesis terroristas que se difunden? No se puede negar la realidad del terrorismo internacional. Es un mal lugar en el que hemos desembocado. Pero tampoco se puede sacrificar todo al miedo (y en la sociedad estadounidense hay síntomas de que algo de esto está ocurriendo), porque, como ya escribió La Fontaine en sus fábulas, «el exagerado temor frente al peligro hace que caigamos en él con suma frecuencia». Del miedo no podemos esperar las mejores respuestas, pero sí debiéramos intentar no obtener las peores, de modo que el resultado, por la vía de la prudencia, acabe por ser una verdadera seguridad. Todo lector medianamente avisado sabe que ni Bush ni Putin reparan en estas sutilezas. Partidarios ambos de la guerra preventiva y del voto cautivo, aplastan sin piedad las pocas margaritas de esperanza que surgen. Ni Bush quiere una salida conforme al derecho internacional en Irak, ni Putin está dispuesto a abrir una vía de negociación en Chechenia, después del paso dado por el rebelde Aslán Masjádov. Los halcones simplemente consideran una debilidad estas posibilidades y prefieren la opción bélica que, arropada por el miedo de los ciudadanos, se convierte en la garantía de su continuidad. Desgraciadamente. Porque nada es peor que el miedo al miedo.