Baltar, lector de Sartori

OPINIÓN

COMO todo el mundo sabe a quién me refiero cuando hablo de Baltar, déjenme, queridos lectores, que les hable un minuto de Sartori. Sartori, Giovanni por más señas, es un gran politólogo italiano que se hizo célebre en el pequeño mundo de los científicos sociales cuando, en 1976, publicó un libro extraordinario ( Partidos y sistemas de partidos ), en el que se contenían algunos de los paradigmas que iban a dominar en adelante los análisis sobre partidos en el mundo occidental. Sartori aportaba en ese libro una definición revolucionaria del tipo organizativo que se constituía en objeto de su estudio: «Un partido es cualquier grupo político identificado por una etiqueta oficial que presenta a las elecciones, y puede sacar en ellas candidatos a cargos públicos». La gran audacia de Sartori consistía en despojar a los partidos de toda la vestimenta ideológica con la que habitualmente se presentan, para mostrarlos, desnudos, como lo que son en realidad: organizaciones que compiten por colocar a sus miembros en cargos de poder. ¿Quiere eso decir que todos los partidos son iguales? En efecto, quiere decir que son iguales en lo que tienen en común -su ansiosa búsqueda de mando y de influencia- aunque los partidos se distingan, por supuesto, al elegir la plataforma político- ideológica con la que aspiran a conseguir una y otra cosa. Es esa plataforma, de hecho, la que identifica a cada partido frente a todos los demás. Y ello hasta el punto de que si un partido se desguarnece de la misma queda reducido a lo que es antes de fijar sus objetivos: un mero grupo de aspirantes a mandar. Pues bien: ahora ya puede entrar Baltar en el artículo. Porque Baltar y la fracción orensana del PP que dirigen, al alimón, él y su familia, son un ejemplo vivo y bochornoso de cómo podría acabar la vida democrática si todos los partidos renunciasen a lo que los humaniza y los hace respetables. En todo el rifirrafe que Baltar y su troupe de mandones desmandados ha mantenido con la dirección gallega del PP no hemos oído ni algo que se parezca remotamente por el forro a cualquier cosa que pudiera entroncar lejanamente con una idea o similar. No señor: nada de ideas. De lo que se trata, según Baltar, es exclusivamente de cómo nos repartimos el machito: si el reparto me conviene, me quedo con los míos; y si no me conviene, amenazo con marcharme, para mejorar así mi posición negociadora. A eso, sólo a eso, se reduce la crisis orensana del PP. Una crisis que no merecería más atención de la que merecen los trucos de un tahúr, si no fuera porque los modos de Baltar revelan la inquietante naturaleza de un poder que pretendiendo ser nuestra luz se ha convertido en nuestra sombra.