SEGÚN el idealismo platónico, la sociedad ideal sería la gobernada por los más sabios, justos y capaces. Nada que ver con la aptitud para la guerra y mucho menos para la economía o el arte de generar riqueza. Los sabios serían los decisores últimos sobre el bien y el mal, líderes y jueces de la cosa pública a quienes los demás grupos del clan habrían de rendir consulta previa. Zapatero utilizó este mito para sugerir que gobernaría según las reglas de la sabiduría clásica y no con la prepotencia de los guerreros. Tampoco desde las alcantarillas del poder, como hubiera mentado uno de sus predecesores. Prometió terminar con la manipulación de las televisiones públicas cuyos dictados serían revisados por un comité de sabios, la mayoría de los cuales vivían en una caverna dorada sin caja tonta. Pero los sabios son prudentes en el razonar y lentos en el decidir. Todavía no se sabe nada de cómo piensan arreglar los déficits de RTVE ni como garantizar la objetividad de sus informativos, ni tampoco si van a subir el nivel de los contenidos. Están reunidos deliberando. Debe ser por su parsimonia por la que el Gobierno no aplica la receta a otros temas candentes. Como el asunto de la enésima liquidación naval, el convertir a los inmigrantes sin papeles en delatores en aras de la legalidad, la financiación de la sanidad, la banalización del amor y el matrimonio, la cosificación de los hijos, la educación de la juventud o qué significa realmente ser español en el siglo XXI, si tal condición hubiera de seguir perdurando. Hay muchos problemas que afrontar en la nueva república y poco sabio evacuando soluciones. Ni siquiera podemos esperar conocer la verdad de lo que pasó realmente en el crimen terrorista que precedió a la llegada del nuevo Gobierno; esa sí que es una caverna de Platón sellada con la roca de Polifemo. Da la impresión de que hay gente que sabe demasiado, pero que no se acabará de tirar de la manta que desvele la disposición real de todas las piezas. Y cuanto más se tiene que ocultar más se habla de transparencia y disponibilidad a declarar. Entre tanto no aparecen sabios en el escenario, sino que los prácticos sin principios de la tribu inundan el ambiente con carnaza erótica, desplazamientos de la agresividad, manipulaciones, chismes, mentiras sin riesgo y maldades interesadas. Libertinaje, odio, envidia y vanidad, con esos trazos perfilaba Tito Livio los Estados en decadencia. Pero, podemos ver en el pasado, no existen los sabios externos, la posibilidad de sabiduría radica en nosotros mismos. No se debe transferir la responsabilidad personal. Todos somos conocedores parciales, sabios imperfectos. Inténtese la sinceridad, sin mentiras ni autoengaños; lo peor de la situación actual es que todo el mundo presupone que todos los demás mienten y tragan. Un juego tan absurdo no podrá generar más que una escalada de esquizofrenia. No llegará ningún sabio que lo remedie.