Un proverbio popular dice que el matrimonio es el deseo de ser dos y el miedo de ser tres. El escritor Honorato de Balzac, en su Fisiología del matrimonio , lo definía como «una lucha a ultranza, antes de la cual los esposos piden la bendición de Dios, porque amarse para siempre es la más temeraria de las empresas». Y añadía que esta institución une para toda la vida a dos seres que se desconocen totalmente y que deberán combatir sin descanso contra un monstruo que todo lo devora: la costumbre. Así lo veía. Pero la legalización del divorcio en 1981 y la actual reforma de esta ley, que acaba con la obligatoriedad de la separación previa, nos sitúa ante un nuevo marco legal, que da respuesta a una realidad social distinta, visible y evaluada: las demandas de separación y divorcio han aumentado casi un 33% en los dos últimos años en España, mientras que los matrimonios han disminuido un 3%. Algunos alarmistas ven en estas facilidades una especie de incentivo para el divorcio. La realidad es de otra naturaleza: se reducirán los sufrimientos al eliminar trabas burocráticas y esperas absurdas o peligrosas. De algún modo, se saneará la institución. Y se avanzará en la conversión del «para siempre» en una opción, no en una condena.