DE LOS veintidós milagros que en el Códice Calixtino hizo Santiago a sus peregrinos y devotos, el mejor es el veintitrés, el que no está en el Calixtino, pero sería imposible sin él y sin otros frutos espléndidos del ascenso de Compostela a Campus Stellae, campo de luminarias y de cánticos que informaron a Teodomiro del cuerpo santo y la cosa se puso en marcha, imparable y fue desde el siglo X al XIV una de las formas más eficaces y sólidas que tuvo la Península Ibérica para insertarse en la Europa que renace y se define con Carlomagno, un hombre que, por cierto, ya no vivía cuando Teodomiro y Alfonso II tuvieron noticia de la tumba apostólica, pero que en la Literatura que puede argallar para dar prestigio es el que, por orden directa de Santiago, libera de infieles el Camino. El milagro número veintitrés no es otro que el resurgir espléndido de las peregrinaciones y del Camino, que estaban al borde del baúl de los recuerdos. Mi memoria de los Años Santos de 1948, 1954 y 1965 la resumo en los tópicos, cuatro gatos, bastantes de ellos feligresía autóctona traída en tropa de tres en fondo por sus párrocos. Nos decimos Santiago de Compostela, pero somos Compostela de Santiago y va siendo hora de invertir los factores para que se sepa bien a quién debemos el producto final. Somos Compostela de Santiago, ascendimos de ser una compostella, un enterramiento, un pudridero, y el actual inglés «compost», que ahora nos llega con el «composting» o «compostaje» es nuestro pariente más próximo en el diccionario, pero, como no tuvo Teodomiros, Calixtos, Diegos, Alfonsos¿ nunca pudo ser apostólico y no paso de biológico, de abono resultante de la biodegradación, mientras en Compostela no te biodegradas, sino que te biosublimas y subes al cielo a golpe de indulgencias, de botafumeiro, de columnas y capiteles, de marisco¿ Somos Compostela de Santiago y no debemos nada a los celtas, ni a los griegos y fenicios del negociado del oro y del estaño, ni a los romanos del negociado general, ni a los suevos que entraron arrasando el negociado, etc. Somos medievales, hijos del día feliz que tuvo Teodomiro y del caso que necesitaba hacerle Alfonso II. Somos a la vez el capital y las rentas de las verdades y de las trapisondas del papa León, del arzobispo Turpín, del clérigo Aimerico Picaud, del papa Calixto II, etc. y desde Bretenaldo y el obispo Gotescalco del Puy (s. X) tenemos lista inmensa de peregrinos tan entrañables como Gaiferos de Mormaltán, que, contento de rematar su camino, cayó muerto en la Catedral, «pechou seus ollos verdes, verdes coma a auga do mar». Salvo error u omisión por mi parte, desde el papá León hasta Gaiferos les hago una antología de raíces y deudas de Compostela de Santiago. Pero esas y otras deudas y raíces son una ausencia ingrata, escandalosa, en el callejero de Santiago y mejor que sigan en ausencia, si les van a dedicar una calle tan cutre como la que le dedicaron a Teodomiro, nuestro Inventor y Fundador.