El duro oficio de vicepresidir

OPINIÓN

LA IDEA de Fraga, confesada por él, era crear dos vicepresidencias honorarias, sin competencias específicas y sin un orden de prelación establecido. Pero la Lei Reguladora da Xunta e do seu Presidente, redactada en 1983, no permite jugar al empate, y no tuvo más remedio que elegir a Núñez para vicepresidente primero, y dejar para Barreiro un puesto de consolación. Y así se escribe la historia. Porque, si el presidente se hubiese percatado a tiempo del detallito legal que les comento, jamás hubiese designado dos vicepresidentes, siendo incluso muy probable que no nombrase ninguno. Alberto Núñez se convierte hoy en el político más importante del PP gallego, sobre el que recae la enorme responsabilidad de hacer la transición al posfraguismo. Sé muy bien, por amigos comunes, cuánto le molestaba el calificativo de tecnócrata que yo le atribuía, y que él se había ganado en múltiples declaraciones. Pero tanto el conselleiro como mis amigos deberían saber que siempre le llamé tecnócrata por pura antífrasis, consciente de la enorme ambición que anida en los que llegan al poder negando su condición de políticos. Ahora, en cambio, se acabaron las ambigüedades, y, convertido en cofrade mayor de la congregación mariana, Alberto Núñez tendrá que lidiar un toro que ni Manolete querría para sí mismo. Porque si por una parte tiene que ser el fiel aliado de un presidente que ya no está para fiestas, también tendrá que salvarse de la quema general que se avecina, dando la sensación de que está con Fraga pero no con el pasado, y que, en medio del error que supone el retraso de las previsiones sucesorias, aún representa la renovación y el futuro que los gallegos necesitamos. Aunque su natural es tranquilo y su cargo le obliga a ser institucional, el nuevo vicepresidente está obligado a enfrentarse desde el primer momento con el cuiñismo otra vez herido y derrotado, y, frente a la promesa que Fraga le hizo al de Lalín de situarlo al frente de la lista de Pontevedra, a Alberto Núñez no le quedará más remedio que cumplir la encomienda de Rajoy y luchar a brazo partido por encabezar dicha lista, si quiere estar en condiciones de tomar el relevo de la presidencia cuando sea necesario. A Barreiro, por el contrario, le basta con agazaparse, cuidar su provincia de Lugo, y esperar a que se produzca un error de Núñez y otro de Cuíña. Y por eso tengo la sensación de que el PP va a vivir los próximos años en un ambiente muy parecido al de un saloon del Oeste, en el que desenfundar primero es un peligro, y no desenfundar te lleva a la tumba. Así que permanezcan atentos a la pantalla, porque, tal como les dijo Cuíña a los suyos, «esto no hizo más que empezar».