Camino de la Concordia

OPINIÓN

11 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PREMIO Príncipe de Asturias de la Concordia al Camino de Santiago tiene el valor de atraer la atención sobre el símbolo que representa. Por el Camino de Santiago transitan muchas personas; cada año más. Puede irse de varias maneras, y por diversos motivos. Puede emprenderse, como decían las Partidas del Rey Alfonso X el Sabio, «con intención de servir a Dios e ganar perdón de sus pecados e paraíso» o, como también allí quedó escrito, con «intención de ganar algo», para distinguir peregrinos y mercaderes. Una tradición de origen netamente cristiano no es óbice para que la compartan hoy otros muchos que no tengan clara esa vivencia del jubileo. Por eso me parece oportuna su relación con la concordia. Hay «algo» que sobrepasa la práctica del senderismo, el interés del paisaje o la riqueza del patrimonio artístico. Es una conclusión frecuente al terminar el Camino. Quizá porque uno se encuentra, a momentos, a solas consigo mismo, sin que se interpongan los apremios de lo cotidiano, que llegan a agobiarnos. Algo que tiene que ver con lo más íntimo de la persona, con lo que no es fácil de aprehender desde la mera racionalidad. Ahora mismo recordamos un aniversario del 11-S, que cambió de improviso, no sólo la Presidencia americana, sino el mundo. Y ese recuerdo lleva al más cercano del 11-M, que influyó en un vuelco electoral. Son sacudidas que, de algún modo, revelan que algo indomable nos supera. Opuestos a la concordia son los atentados y secuestros que golpean el espíritu de civilizaciones avanzadas. Cosechas de uva de la ira acumulada, mezclada con sangre inocente en el lagar de la violencia. Y mostramos repulsa ante hechos espeluznantes, extremos, en Rusia, en Irak o en Sudán o no los manifestamos en otros sitios que no logran mantener su notoriedad en nuestro mundo globalizado. En la vida pública -como en toda convivencia- hay que procurar puntos de encuentro. No es sólo la necesidad matemática de obtener una mayoría de tres quintos de cada una de las Cámaras para la reforma constitucional comprometida. Se requiere un ambiente que favorezca la concurrencia de posiciones. Afectando a la Constitución no parecerá impropio que se apele al espíritu constituyente. Hubo entonces mucho más que un cálculo pragmático en el apoyo de un Carrillo a la Corona, o a la mención de la Iglesia Católica en aquélla. Un tema que afecta sustancialmente a la vertebración del Estado no puede terminar en un desencuentro educado entre los líderes del Gobierno y de la oposición. Por lo que se otea, queda mucha navegación hasta la meta constitucional de la «patria común». Se trabaja por la concordia buscando aquello en lo que puede coincidirse, aunque las motivaciones últimas diverjan, como ha ocurrido en la última escena del enredo del Puerto Exterior. No se trabaja por la concordia alanceando continuamente el pasado, y menos si aparece como ensañamiento o revancha, o se desempolva un belicismo laicista. En la ruta jacobea hubo que construir puentes porque había obstáculos a salvar. Quizá en la actual vida pública -incluida la gallega- se echen en falta soluciones de mediación, por el encastillamiento del dualismo imperante. Se puede vadear el río, se puede levantar un nuevo puente. Se trata de no desandar innecesariamente los trechos que conducen a un destino cierto. Y los presupuestos proporcionan realidad a la metáfora. Septiembre ha apagado el intermitente brillo del verano. Empezamos a recorrer un nuevo curso. Ojalá que se guíe más que el anterior por la vía de la concordia ahora recordada. En todo caso, el sol no desaparece cuando se oculta en Finisterre.