CUANDO el señor Josu Jon Imaz, presidente del PNV, explicó a la prensa su encuentro con Zapatero, utilizó varias veces el concepto «proyecto de convivencia». Hablaba, como es natural, del Plan Ibarretxe y otros planes más o menos ocultos que estos días ocupan los medios informativos. Nuestra clase política, sobre todo la nacionalista, gusta mucho de hablar de convivencia, que es un término que siempre queda muy bien en declaraciones y discursos. Sobre todo, cuando se produce una circunstancia: la convivencia está rota o en peligro. En esos casos, ofrecer convivencia es signo de paz y buen gobierno. Por eso, al escuchar al señor Imaz, que transmite todo, menos agobio, me quedé preguntando: ¿qué significará para él esa palabra, que casi acaricia al pronunciarla? ¿Será que su País Vasco y el resto de España no logran convivir? Hice un repaso mental de la información reciente, y los únicos que tienen problemas graves son los ciudadanos amenazados por el terrorismo que tienen que salir a la calle con escolta. Ése sí que es un problema, pero no es el que vino a resolver el señor Imaz en La Moncloa. En lo que se refiere a la vida diaria, ¿dónde está esa falta de convivencia que hay que restablecer? Entre los pueblos vasco y gallego, vasco y leonés, vasco y catalán, o vasco y andaluz o extremeño, o castellano, o valenciano, no existe ningún problema visible. Tomamos el chacolí con la misma fruición que ellos saborean un pulpo a la gallega. Aplaudimos a sus jugadores de fútbol con normalidad y sentido deportivo. Nos hemos cruzado en el veraneo y hasta hemos terminado cantando las mismas canciones en las noches de farra. Existirán otros problemas políticos, fiscales o de inversiones públicas, pero no un déficit de convivencia. Estamos, por tanto, ante un gran invento de los nacionalismos. De la misma forma que algunas comunidades reinventan y falsifican la historia ante la pasividad del mundo educativo e intelectual, me temo que ahora se esté fabricando un problema de dificultad de las comunidades para convivir entre sí. Estoy hablando de Euskadi, porque el señor Imaz fue quien usó el concepto. Pero también podría hablar de quienes más influyen en el actual gobierno de la nación. Por eso más de un ciudadano se llevará una sorpresa el día que descubra lo que se esconde detrás de algunas reformas estatutarias y constitucionales: cambios de nombre artificiosos, dinero vulgar y corriente y atributos de poder. Lo que ocurre es que sólo un dirigente, Rodríguez Ibarra, se atrevió a levantar la voz. Y sólo un alcalde, Paco Vázquez, le dio la razón. Los demás se conjuraron para dejarlo en «las cosas de Ibarra»: el hombre que se atrevió a romper el pensamiento único.