CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |
07 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.BUSCAMOS fuera lo que tenemos en casa. Nos gustan los escritores de las quimbambas y resulta que, por ejemplo, en Ourense, la Atenas gallega, nació Eduardo Blanco Amor (1897-1979). Terrible lo que escribía Arturo Lezcano en el Culturas sobre cómo murió trasteado, como un trapo viejo. Blanco Amor escribió A esmorga, que es un libro redondo, de esos que se escriben de puntillas, en estado de gracia, muy por encima del común de los mortales. Tocaba en gallego y en castellano, «tengo dos patrias», como tantos. Menos mal que Galaxia y el Consello da Cultura Galega se han puesto a recuperar su obra en los dos idiomas. Como hace La Voz con tantos gallegos que escribían en castellano como ángeles. Chile a la vista, de Blanco Amor, es una gozada. Recopila artículos sobre su estancia allá. Lo mejor es que su escritura es tan natural que parece que fluyese, biológica, como los grandes. No hay impostura. No hay complicaciones. Transmite pura vida. Y uno, cada vez más, piensa que escribir es llenarse de vida para contarlo. A Blanco Amor se le notaba el sentimiento en los ojos, esos ojos que parecían siempre a punto de llorar, que sabían mirar más allá de la mera apariencia. Desnudarse. cesar.casal@lavoz.es