EN ESPAÑA existe la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente, que preside Salvador Pániker. Lleva años tratando de que se proceda a legislar sobre la eutanasia activa, que se ampare y concrete el derecho de los enfermos con dolencias atroces para que puedan acabar con el horror de sus vidas. La asociación entiende que los avances médicos acotan la opción real de muchas personas entre una muerte rápida y dulce y otra lenta y degradante. Pide que se entienda la vida como un derecho y no como un deber, y que se nos reconozca la libertad efectiva para decidir el destino. Materializarlo exige legislarlo, que políticos y gobernantes adopten iniciativas para hacerla realidad en el Parlamento. No es una tarea fácil, no sólo por suponer un cambio ideológico esencial, sino porque requerirá una serie de complejas garantías para que no se desnaturalice su sentido, para que no se la pervierta por intereses mezquinos. El calvario del gallego Ramón Sampedro y de sus allegados debiera haber servido para conmocionar las conciencias del país y extender el grito desgarrado de la indignación para que se abordase ya el tema de la eutanasia legal. Pero cayó en el olvido devorado por la fugacidad de lo noticiable. Las personas con graves enfermedades habrán sacado la pavorosa conclusión de que tendrán que resolver su problema por ellos mismos y sufrir una espantosa pesadilla, extensible a sus más íntimos, para resolverlos. Tal fue la lección del caso Sampedro. Ahora se ha hecho una película española sobre el mismo, que anuncia revivir este drama y que al hacerlo denuncia y actualiza la necesidad de que no lo ocultemos en el armario. Es una intención loable. A la presentación acudió Zapatero y varios de sus ministras y ministros, cinco en total, nunca se había visto cosa igual. Los ingenuos esperábamos que trajera un proyecto de ley de regulación de la eutanasia bajo el brazo o que anunciara su inmediata presentación en el Congreso. Pero al ser preguntado por la legalización del problema, el presidente se limitó a decir que solo asistía por la necesidad de apoyar el cine español; sus glamurosos personajes son los niños mimados del nuevo orden político. La eutanasia puede esperar, pero el respaldo oficial a los que en su vertiente política y ciudadana se mueven en el Nunca Máis, No a la Guerra, Hay Motivo y Quisimos Saber la Verdad el 11 de Marzo pero Ahora No Corre Prisa, sigue siendo cuestión prioritaria. Como mucho, nuestro amable presidente dejará que la película sobre un drama se convierta en otro globo sonda para calibrar si puede ganar o perder votos, si puede desgastar a la oposición política y social en un debate complejo y distorsionable, o si puede salir reforzada su imagen talantosa a bajo coste. Pero afrontar consecuentemente el sufrimiento real y los dilemas de la existencia quedan para otro momento; no hay que arriesgar, que se mojen otros.