Final dramático

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

LA TOMA del colegio de Beslán, en Osetia del Norte, ha terminado como era previsible. Como el rosario de la aurora. Como suelen acabar este tipo de situaciones atroces e incomprensibles, en las que se echa mano de inocentes para resolver por la fuerza conflictos que son irresolubles por la razón. Tres días de padecimientos nos dejan un escalofriante saldo de víctimas, aún no cerrado, y una pugna más enconada si cabe, que hace una semana. Sabemos que no se puede ceder al chantaje. Sabemos también que contra el terrorismo salvaje hay que mostrar firmeza. Y somos sabedores además de que al terrorismo lo alimenta la sinrazón, la desesperación y el odio. Tanto como la injusticia, el fanatismo y el abuso. Conscientes de todo ello, este suceso debe servir para reclamar una salida a uno de los conflictos bélicos y sociales más largos y vivos de nuestros tiempos que mantiene la misma intensidad que en su inicio, en la Rusia zarista del XVIII. Baste recordar que Chechenia ha perdido en los últimos nueve años, un diez por ciento de su población. Y que los supervivientes padecen un clima de terror impuesto tanto por los soldados rusos como por los rebeldes. Por eso sorprende que la comunidad internacional permanezca atenazada y temerosa de intervenir en el conflicto exigiendo una nueva política rusa en el Cáucaso. Esa comunidad, tan diligente en vigilar el referéndum sobre la continuidad de Chávez, no ha dicho esta boca es mía en la farsa electoral que Vladímir Putin organizó en Chechenia el domingo. Ni ante los evidentes y continuos desmanes de su ejército en esta región, donde viola sistemáticamente los derechos humanos de los ciudadanos. Sorprende tanto como que los Chirac, los Schröeder y los Zapatero, aunque éste más livianamente, que se apresuraron a respaldar al presidente ruso tras la consulta, no hayan intervenido aún sobre la brutal devastación que el ex jefe de la KGB dirige en territorio checheno. Alguien ha de tratar de poner orden en este interminable y sangriento choque. Y empezar por decirle a Putin que el terror no se combate con más terror. Que no acabará con el terrorismo checheno arrasando el país. Y advertirle también que empieza a tenernos un cierto parecido con Stalin.