NOS DAN explicaciones alentadoras, nos dicen que todo va razonablemente bien, pero ¿de verdad consiguen tranquilizarnos? Las cifras están ahí, cada día surge alguna nueva. Dos de las más recientes son que nuestra economía ya se ha desacelerado por la caída de las exportaciones y que el paro aumentó en agosto, en contra de lo que había ocurrido en los últimos años. Otras hablan de que los servicios pierden fuelle o de que algunas empresas preparan planes de ajuste. Entre las positivas, que la bolsa parece repuntar, que el patrimonio de los fondos de inversión alcanza su máximo histórico o que las ventas de coches crecieron un 7,3% en agosto. ¿Intranquilos? ¿Desconcertados? Según autoridades y expertos, todas estas cifras tienen explicaciones tranquilizadoras y no alteran la previsión de terminar el año con un crecimiento del 2,8% (una tasa que fue revisada a la baja en junio por el Gobierno, abandonando el 3% previsto anteriormente). Y uno, que se pierde en tal maremagno de cifras, estimaciones, previsiones, rectificaciones, razonamientos, análisis y contraanálisis, busca el índice que mide nuestro sosiego. Porque si hay cifras que todo lo cuantifican, ¿por qué no saber cuánto consiguen tranquilizarnos?