No será por falta de avisos

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

01 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SI HACEMOS memoria de las crisis de Vietnam y de Irak, de las interminables guerras de Centroamérica, de cómo se auparon las dictaduras de Brasil, Chile y Argentina, de lo que rusos y americanos hicieron en Afganistán, de cómo se tratan la cuestión palestina y la insurrección chechena, de las estupideces que se han dicho y hecho a costa del 11-S y del 11-M y de la forma en que pasamos de los genocidios y las hambrunas africanas, deberíamos ser plenamente conscientes de que no estamos en la senda de la paz. Si miramos el flagrante fracaso de las luchas contra el narcotráfico, contra la trata de blancas y contra las mafias de la inmigración ilegal, y si no cerrásemos los ojos ante el hecho de no haber impermeabilizado ni siquiera las cárceles del Estado, no deberíamos consentir que se nos presenten como éxitos coronados lo que no es más que un ajuste soportable entre criminalidad y orden. El actual equilibrio del mundo se está montando sobre un colosal ejercicio de violencia que los ricos calculan con frialdad aterradora. Y, a pesar de los enormes esfuerzos que se están desplegando para convencernos de que la humanidad se divide en buenos y malos -que lo son por naturaleza y al margen de toda causa que lo explique-, cada vez resulta más difícil discernir quien es el malo y quien es el bueno en esta trágica obertura. ¿Se atrevería usted a defender la política de Putin? ¿Apostaría un céntimo por la moralidad de Sharon? ¿Qué haría si le diesen a escoger entre Al Sadr y Rumsfeld? ¿Qué haríamos nosotros, católicos y españoles, ante una expoliación como la que sufre Irak? ¿Sabría decirme en qué se diferencian las matanzas a sangre fría y los efectos colaterales? ¿Recuerda usted alguna crisis que se haya resuelto con justicia y libertad después de una invasión? ¿Cuál es, entre el petróleo y la democracia, el valor que inspira las guerras actuales? En el Occidente rico y libre que nos tocó en suerte todos sabemos de qué va la película, de qué se nutren nuestras economías, y hasta donde estamos dispuestos a construir una paz solidaria. Por eso no podemos librarnos de la responsabilidad moral y de los graves riesgos que estamos corriendo por culpa de un discurso alocado que, negando sin escrúpulos la evidencia del desastre, sigue apostando por una justicia de bombas y cañonazos. Si los ciudadanos queremos parar esta barbarie, tenemos que decir que no es lo mismo hacer la paz que ganar todas las guerras, y que, si seguimos por este camino, haremos del terrorismo la clave maldita de nuestro siglo. Porque estamos ciegos ante la dura evidencia de las cosas. Y porque somos incapaces de escuchar las mismas alertas que estamos encendiendo.