NO SOY profeta, ni mucho menos, pero era visto que los holandeses iban a ampliar paulatinamente los casos de eutanasia. Ya lo hicieron antes. Le ha tocado ahora el turno a los niños. ¿Dónde está en este supuesto la petición del sujeto afectado, que era la gran razón que exhibían los partidarios de legalizar la eutanasia? Echo la vista atrás y me sonrío al recordar las acusaciones de tremendista, alarmista y similares que cayeron sobre mis anchas espaldas cuando avisaba de que las cosas sucederían de esta manera. No hace tantas semanas de ello. ¿Se acuerdan de que hablaba entonces de la pendiente resbaladiza? De aquí a la eugenesia, un paso. Ha sucedido antes, en la Grecia clásica y en la Alemania nazi. ¡Valiente progreso! La ley sirve de muro de contención. Bien saben los navegantes que sin cartas náuticas adecuadas el peligro de naufragar es casi inevitable. Confirmo ahora mi vieja obsesión de que estamos asistiendo al comienzo de una suerte de apocalipsis, provocado por la deshumanización total del ser humano y el más profundo y temible desprecio por los grandes y supremos valores del espíritu -entendido en un sentido amplio, no sólo religioso-. Una vez que una sociedad permite que una persona quite la vida a otra basándose en sus criterios de lo que es una vida digna, no puede existir una forma segura para contener el virus mortal así introducido. Irá adonde quiera. Esto no es demagogia sino puro dato. Pienso que tenemos el deber de luchar por esos valores con el dardo de la palabra y el escudo de la actitud vivida. Me parece que o elaboramos unos planteamientos insuflados de radicalidad y esperanza en el hombre, optimistas y capaces de ilusionar a nuestros contemporáneos, o, me temo mucho, la sociedad no será capaz de salir del marasmo en el que comienza a estar sumergida. Los mandatos morales prescriben realizar determinadas acciones porque humanizan y evitar otras porque deshumanizan, sin prometer a cambio más ventaja que la de hacer lo que vale por sí mismo. Hay personas y acciones en sí valiosas, que por su valor nos ligan y nos obligan a invertir en ellas tiempo y esfuerzo. El cuidado del enfermo terminal es una de ellas. Y, si lo hacemos, nos encontraremos creciendo en humanidad a su lado: acompañar a un padre con cáncer de pulmón y a una madre con senilidad ha sido mi mejor universidad en medio de tanto utilitarismo ramplón.