CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
31 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.SON peces en el agua. Son gamos en las pistas. Contorsionistas sobre el tatami. Dioses sobre los aparatos. Palancas con una pelota de balonmano. Pero ¿y en la vida? Cada uno sabrá. Los Juegos terminaron y empiezan de nuevo las auténticas Olimpiadas, las de todos los días, a ras de suelo. Lo importante es rendir en la calle, en los atascos, con los amigos, por la mañana, por la tarde, por la noche. Con el jefe en el cogote. En el andamio, en una consulta. O pelear contra una enfermedad, encontrar una sonrisa debajo del dolor. Ésa es la competición real, donde hay que luchar por lo más trascendental y difícil: el coraje de ser personas. No es sencillo, es la asignatura más complicada, muy por encima de lograr una medalla. Vivimos en un planeta obsceno, donde se valora tener y no ser, la cuenta es lo único que se tiene en cuenta. Éste es un planeta obsceno, en el que se mira hacia unas Olimpiadas y se aplaude mientras en Sudán hermanos nuestros se matan y los niños se mueren de hambre. Pero no es genocidio, sólo son miles de muertos. En Sudán las medallas se las dan al que comete las mayores atrocidades. Qué bien se nos da la amnesia y mirar al dorado metal. Los insectos son más sensibles. cesar.casal@lavoz.es