AUNQUE en Forcarei estamos en fiestas, y todos prolongamos la vacación hasta mañana, Rodríguez Zapatero prefirió adelantar su regreso a Madrid y ponerse a gobernar a destajo. Claro que el presidente no tiene nada que ver con la Terra de Montes, y tampoco muestra una devoción especial por la Virgen de los Dolores. Pero bien pudo aprovechar esta festiva circunstancia para estarse quieto cuatro días más, y para pensar las cosas antes de iniciar un otoño político que le va a llenar de sinsabores. Nadie niega que el cambio del PP por el PSOE nos trajo una bocanada de aire limpio que paga por sí mismo una legislatura. Y por eso estamos viviendo un tiempo de bonanza en el que todo se satisface con gestos, paridad, globos sonda y barra libre para la homosexualidad. Pero muy mal haría Zapatero si no se diese cuenta de que el mérito del 14-M no es suyo, sino de los votantes, y que nada de cuanto sucede al socaire de aquella sorpresa le va a servir para cuadrar su balance. Por eso debería haber serenado a su personal antes de terminar las vacaciones, decirle a sus ministros y ministras que no pueden seguir actuando como pipiolos, y empezar a calibrar la dimensión de los berenjenales en los que se está metiendo. La reforma constitucional, si no hay milagros, se va a empantanar más pronto que tarde. Las cuentas de Cristina Narbona (que combinan su osado archivo del Plan Hidrológico con la necesidad de aplicar el Protocolo de Kyoto) no le van a cuadrar de ninguna manera. La cuestión de la vivienda amenaza con hacer buenos los tiempos del PP. Los planes para la universidad y la investigación se están haciendo sobre la convicción de que es posible atar los perros con longanizas. Su manía de prometer trenes y autovías, al estilo Álvarez Cascos, va a mostrar sus grietas cuando se aprueben los Presupuestos. Y todos los dogmas y miedos de la política antiterrorista de Mayor Oreja siguen intactos, sin que nadie se imagine siquiera qué se puede hacer -al margen de manifestaciones oficialistas y ejercicios de santa paciencia- ante lo que huele, en Santiago y A Coruña, al regreso de ETA. Por si algo faltaba, la idea de darle la vuelta al calcetín de la moral, confundiendo lo nuevo con lo bueno y la tradición con Aznar, ya empieza a tocar las narices. Y el fácil recurso de arremeter contra los obispos puede agotarse y volvérsele en contra tan pronto como la gente le coja el intríngulis al vulgar y depauperado discurso ético del presidente. Por eso, si ZP me hubiese consultado, le habría aconsejado venirse a Forcarei y prolongar su veraneo cuatro días. Porque cuando regresemos, y empiece el otoño político, se va a enterar de lo que vale un peine.