ESA ES la cuestión. Ante unas elecciones, sean las gallegas o las de Estados Unidos, antes que nada, hay que ganar. Ese es el objetivo del partido; ofrecer al mejor candidato para que los ciudadanos convertidos en cuerpo electoral lo voten en la cita con las urnas; por lo tanto, ni son las encuestas, ni es la opinión de los contrincantes, ni los diseños de los pontífices, lo que importa. En el país más fuerte del universo, algunos tratan de evitar la caída de su hombre Bush, desviando la atención del personal con viejas historias de hazañas bélicas en otra guerra de la que los americanos salieron por la puerta de atrás. Aquí, las elecciones gallegas prometen ser un debate sobre los límites de la edad para ser candidato, curiosamente, sin tener en cuenta la pirámide poblacional de Galicia. Pero, se trata de ilusionar y emocionar para ganar. Esa debería ser la cuestión y a pesar de las distancias. Para hacer cambios, para regenerar sistemas, para evitar aventuras que conducen al país fuera del país de los ciudadanos con nacionalidad conocida como española, hay que ganar las elecciones. Para salir de una guerra interesada y despreciable, en la que ocupación militar y económica ha provocado rebeldía por la dignidad y frente al infiel invasor, hay que ganar las elecciones. Para que Galicia no vuelva a ser nunca más cantera de emigrantes, para que nuestra capacidad de autogobierno sea suficiente, sin que la decidan pactos con vascos y catalanes, hay que ganar las elecciones. Y en esas estamos. Cuando hay un candidato conocido por sus hechos antes que por sus promesas, con autoridad para pilotar el proceso complicado de listas electorales en pleno ciclo a la baja, con perfil genuinamente gallego, con trayectoria de hombre de Estado, al que se le pide que justifique la partida de nacimiento. Y en esas nos vemos. Cuando hay una alternativa que requiere de la alianza, otra vez, de un partido nacional y una coalición de fuerzas nacionalistas que ponen sobre la mesa la teoría del Estado plurinacional, al fin y al cabo, lo que Ibarretxe pretende para la construcción nacional de una Euskadi grande y libre, en la que a los españoles, en todo caso, se les garantiza el mismo trato que a los alemanes en Mallorca. El problema es confundir nuestro interés con la demanda del ciudadano; así se explica que las necesidades sociales vayan por un lado, y ofertas electorales por otro.