A LO LARGO de sus edades, cada persona va fijando preferencias en trozos de territorio, ya sean parajes, países, calles, plazas o incluso esquinas. Javier Solana ha afianzado una especial predilección por Galicia, y va recorriendo año tras año los caminos de una comunidad que no se distingue, precisamente, por la práctica del senderismo y el disfrute de la naturaleza. En las Rías Altas se conserva mejor que en las Baixas y la Costa da Morte una cultura de manipulación del territorio, con una ordenación más racional y una arquitectura más acorde con el entorno, debido quizá a la homogeneidad de las cubiertas de pizarra. Llaman la atención, eso sí, las masas de eucaliptos que predominan de forma abrumadora, con su porte desgarbado y su colorido monótono, creando paisajes indiferenciados donde la luz se vuelve mortecina cuando los mira. Las villas podrían haber crecido mejor, y si Sancho se encontrara hoy al paso con los aerogeneradores, diría a «su merced» la Administración que son gigantes y no molinos. La playa de Augasantas, más conocida por Las catedrales , nombre que hasta los letreros oficiales parecen empeñados en consagrar, es en cualquier momento, pero sobre todo con marea baja, de una belleza sublime. La grandeza del entorno sobrecoge. Cuando se mira al norte, la luz rasante del poniente entra por la izquierda y hace brillar en dorados y verdes los húmedos esquistos. El equilibrio indiferente de arcos, bóvedas, jambas, dinteles, seguramente hubiera inspirado a Chillida para su Tindaya, o a Long para sus alineaciones líticas. Las geometrías quebradas de las pizarras, perfectamente dibujadas, marcan con su obsesiva inclinación el destino de lo pétreo hacia el mar. Como remate, un tupido manto vegetal desciende por los acantilados y llega hasta donde el agua salpica al romper. Es el encuentro pactado entre tierra y océano, entre viento, agua y materia. La gama infinita de verdes y azules turquesa del Cantábrico contrasta con los matices grises de las nubes que se vacían en el horizonte, formando columnas que parecen humo y son agua. Y siempre los topacios que el sol derrama, llenándolo todo de una miscelánea de luces y sombras. La respuesta a esta representación de la naturaleza es el silencio y el respeto de los cientos de personas que se acercan a practicar el culto a unos lugares que se han equipado bien, aunque quizá no con la estética requerida. Sólo se oye el ruido rítmico del mar. Un contrapunto activo a esta etapa contemplativa es la ruta por las orillas del Sor. En su desembocadura, el agua se remansa y discurre entre los depósitos de arena, que se encharcan pronto con la marea alta. Desde O Barqueiro hasta Estaca de Bares todo el entorno está bien protegido. También merece reconocimiento, en líneas generales, una hostelería que ofrece calidad a precios razonables. Es todo un ejemplo de que es posible hacer las cosas bien y aprovechar inteligentemente el territorio, sin el abigarramiento y el «mironeo» que priman en buena parte del oeste.