DE SOL A SOL | O |

21 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

PENSABA que era cosa de nuestro tiempo. Me refiero a toda esa gente que vive de noche y duerme de día, y no queda muy claro cuándo trabaja o cómo trabaja o de quién se ocupa, en caso de que se ocupe de alguien. Me equivocaba. Leí esta semana La cripta de los capuchinos , de Ioseph Roth, que narra la decadencia de la Austria imperial en torno a la Primera Guerra. Siempre me gustó Roth, pero esta novela me ha movido a la relectura inmediata, algo que rara vez hago. Quizá por la minuciosa descripción de la decadencia como el triunfo de la pose frente a lo auténtico, de lo aparente sobre lo real. Así, en abstracto, nada nuevo. Pero muy aleccionador en lo concreto. Bastará con una muestra, sin duda la más liviana, la menos decisiva: esa propensión a trasnochar por sistema que yo creía típica de nuestros días. Dice así el protagonista: «Por un miedo inexplicable a la noche, esperábamos en vela la llegada del día. Nos parecía que éramos demasiado jóvenes para desperdiciar la noche. Sin embargo, como me di cuenta después, a lo que teníamos miedo era al día; mejor dicho, al mediodía, la hora más clara. Entonces uno se ve y es visto con claridad, y nosotros no queríamos que se nos viese con claridad».