Tres olimpíadas

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EN 1996, durante la Olimpíada de Atlanta, en Galicia sólo se hablaba de dos cosas: la sucesión de Fraga, y los turistas y peregrinos que las estadísticas oficiales del Ministerio de Industria y Turismo le robaban a Pérez Varela. En el año 2000, durante la Olimpíada de Sidney, en Galicia se seguía hablando de dos cosas: la sucesión de Fraga, y los turistas y peregrinos que el Ministerio de Industria le seguía robando a Pérez Varela. Y doce años más tarde, mientras los atletas compiten en Atenas, en Galicia sólo se habla de dos cosas: la sucesión de Fraga, y los turistas y peregrinos que las estadísticas oficiales le roban a Pérez Varela. Teniendo por oficio el análisis de tan compleja realidad, desconozco la evolución de los récords olímpicos, y ni siquiera pude ver la hazaña de ese Paquillo de Guadix que ayer ganó la medalla plata en los 20 kilómetros marcha. Los únicos récords que tengo actualizados son el de la sucesión más larga y estéril de la historia, que ostenta Manuel Fraga; y el de volatilización de los turistas y peregrinos que Pérez Varela jura haber visto, pero que el Ministerio de Industria jamás consiguió localizar, ni antes, cuando hacía las cuentas el Gobierno amigo, ni ahora, cuando el cómputo lo hace ZP. Y otra vez este año, en vez de seguir las pruebas de atletismo, malgastaré mi ocio en hacer cábalas sobre los motivos que tiene Rajoy para acudir a Perbes y montar el paripé de una designación in pectore del candidato popular a la presidencia de la Xunta, como si alguien le hubiese dado vela en esta procesión sucesoria que anda ya por el cuarto misterio. Sé muy bien, por experiencia, que el que lleva la corona de líder está obligado a dar la sensación de que nada se hace sin su augusta aprobación. Pero aquí no estamos hablando de un proceso normal, y todo el mundo sabe que la decisión que va a salir del paripé de Perbes no es la que Rajoy desea, ni la que a Galicia le conviene. Por eso rendiré otro fin de semana tratando de adivinar por qué el factótum del PP no huye de la quema, y por qué no disculpa su presencia en una comedia que, a cambio de un minuto de gloria, le va a pasar una elevada factura, tan pronto como empecemos a hacer balance sincero del interregno fraguista. Pero de momento ya han pasado -decían los griegos- tres olimpíadas. Y yo me estoy haciendo viejo, sin ánimo para vaticinar cuantas legislaturas le quedan a don Manuel. Porque, si Dios me da sentido, pienso dejar de analizar la política gallega antes de que mis palabras se tornen borrones, para observar como riela la luna sobre el mar de Pontevedra. Porque yo le quiero a mi tierra, y ella me agradecerá, estoy seguro, que no me pase de tiempo.