EL HERMANO pequeño, la alternativa patronal del mes de agosto, conforma el trío de los santos celebrados por toda la geografía gallega. Si junio es de San Juan, patrón de los solsticios que prologan el verano, julio de Santiago, apóstol fundacional de la galleguidad española y miembro de los padres fundadores junto con el bienamado Juan, agosto es sin duda de San Roque. Galicia sintetiza su verano fiestero en las tres advocaciones pías, aunque más que santos los tres son vecinos de los pueblos que los celebran. Por algo los días que conmemora el santoral cristiano son días de fiesta y de jarana, de celebración grande y mesa surtida. Son días de romería y noche de verbena. San Roque le da la réplica a la Virgen de agosto que en cada pueblo elige nombre aunque el primero y original sea María. Nuestra Señora de Galicia no está sola, pues al día siguiente de su onomástica le acompaña San Roque y por los aires de la tierra estoupan los foguetes para poner la banda sonora viril y primaria a la fiesta. A mí este santo peregrino siempre me cayó bien. Francés de Montpellier, viste esclavina y rinde viaje en Compostela. Yo lo imagino un santo liberal e ilustrado, viajero y curioso merodeador de los caminos, combatiendo milagrero la peste negra que como una plaga bíblica castigó a Europa. San Roque con su llaga lacerante en la rodilla y su perro escolta y mascota. Perro sanador lamiendo la herida abierta, buscando el remedio de la saliva que cauteriza y cicatriza. Lo imagino de baja estatura, deteniéndose al fondo del paisaje para comer una pera de agua cuando el calor aprieta por Castilla. Lo quiero ver preguntando en Triacastela por dónde va el camino, lo miro hundiéndose en la nieve de O Cebreiro un día de ventisca y en invierno. Pero ahora es agosto y en mi pueblo hay una kermesse en su honor, y por la noche en el mar arderán fuegos acuáticos y por el cielo estallarán guirnaldas de colores. Pero hoy es agosto y es San Roque, atraviesa el mes su ecuador y ya la brisa viene fría y anochecida, y en mi pueblo hay un monte y una capilla y cuando se anuncia la mañana después de la subida a la montaña para aguardar la madrugada, es el rito iniciático reiterando de todos los mozos que son y han sido, san Roque imparte su bendición a la parroquia de amigos, que muchos son y que han hecho de la ascensión a la montaña mágica una tradición que viene de lejos. Es el día grande, hasta las gotas de la lluvia que nadie espera ponen un contracanto solemne. La lluvia que no ha sido convocada es un pasacalle melódico en esta mañana de romería antigua. Y si toca sol en el viejo reino se viste de oro viejo la mañana, y la mar reverbera en espejos fragmentados como cuentas de un collar engarzado para una infanta melancólica. Hoy es San Roque en multitud de pueblos y ciudades de todas las Galicias, y el viento se enreda en la barquilla inexistente de un globo que vuelan en Betanzos, y en Viveiro festejan a lo grande a su santo patrón. Hay festa rachada porque la cita de agosto coincide siempre con San Roque. Me hubiera gustado mucho haberlo conocido y contarle una historia escrita por Rabelais, apoyado en una fuente o escuchando a una orquesta de mirlos. Él hubiera proseguido su camino, y cuando se perdiera por una esquina del horizonte gritaría bien alto un ¡viva San Roque! que le hiciera girar la cabeza y dibujar en el aire con su mano derecha un ¡hasta otra, compañero! De hoy en un año.