UNO DE los síntomas más claros de que un gobierno está agotado es que empieza a aplicar soluciones sencillas a problemas sumamente complejos, o cuando da a entender que todos sus antecesores fracasaron por no tener en su nevera una docena fresquita de «huevos de Colón». Tal es el caso, per modum unius , de la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, y de su versión autonómica, Xosé Manuel Barreiro. Los dos están acongojados por una plaga de incendios que se evoluciona como siempre, en ciclos casi matemáticos, pero que ellos creyeron -¡tiernas criaturas!- que iban a cortar por lo sano, gracias a su brillante gestión. Por eso andan buscando la piedra filosofal que les haga pasar a la historia, sin costes, sin contraindicaciones, sin polémicas, tirando de lo obvio, como si todos los de antes estuviésemos ciegos. El «huevo de Colón» que ahora nos proponen es la norma que va a impedir la recalificación urbanística de los terrenos quemados, y que se suma al rosario de simplezas que brotan una y otra vez al calor de las llamas. Todavía carecen de un diagnóstico que les permita explicar la tragedia, saben que el origen de los incendios es diverso y no siempre racional, y son incapaces de incentivar medidas preventivas que hagan soportables las consecuencias del problema. Pero no tienen ningún reparo a la hora de impulsar una medida que puede provocar daños privados y públicos ingobernables, y que, si acaso sirve para un tipo de pirómano, crea otra clase de incendiario mucho más peligroso. Si no hubiese mil formas legales -y otras mil ilegales- de recalificar terrenos, la medida sería lógica. Si fuese verdad que los montes arden al pie de la Lanzada, que faltan terrenos edificables, o que los promotores gallegos son unos mafiosos, también sería lógica la medida. Pero si lo que arden son los montes de Vilardevós y Muras, y si es evidente que la presión recalificadora sólo se detecta en los espacios que menos sufren el fuego, deberíamos tentarnos la ropa antes de arrojarnos en brazos de una simpleza. Porque, no teniendo ninguna constancia de que los incendios los producen las inmobiliarias, sería un error convertir el fuego en un instrumento fácil y barato para modificar el urbanismo, para arruinar al competidor honrado que compró terrenos recalificables en buena lid, o para sugerirle al particular que plante fuego al terreno que le puede privar de las vistas del mar o que puede competir con ese solar que quiere vender a precio de Quinta Avenida. Como solución de taberna, cuando se comenta el último incendio, no me parece mal este dichoso decreto. Pero gobernar, lo que se dice gobernar, se hace de otra manera. Con mucho más tino.