LOS POCOS que quedan -caóticos y desorientados- necesitaban decir que ETA sigue ahí, y que es capaz de salvar a los vascos en contra de su voluntad y de la democracia, pisoteando todos los derechos morales y políticos de los ciudadanos. Por eso pusieron dos petardos (como quien dice sí pero no) en San Vicente de la Barquera y Ribadesella, donde no corrían ningún riesgo, y donde no necesitaban más infraestructura que un fanático y una motocicleta. Pero yo estoy convencido de que esta reaparición de ETA dista mucho de ser la continuación de sus campañas contra las zonas turísticas del Mediterráneo, y que el objetivo de los terroristas sólo se centraba en difundir tres mentiras que conviene diseccionar. Lo primero que quieren decir los etarras es que siguen operativos, y que si no reavivan su confrontación con el Estado es por pura estrategia. Pero los petardos del sábado demuestran lo contrario, que la banda no da para más, y que el viejo nombre de ETA sólo da cobertura a unos asesinos de menor cuantía que ya no saben actuar sin la fácil cobertura de la multitud festiva. Por eso no es bueno magnificar esta resurrección de los dinamiteros. ¡Nada de regalar sus oídos con el pomposo nombre de Comando Bizkaia! ¡Nada de aprovechar la porquería para zampurriar -como hizo Fraga- al nacionalismo! No les regalemos la propaganda que sus petardos no consiguen. El segundo mensaje era una invitación a distinguir entre los terroristas buenos y malos, para que veamos la diferencia entre Al Qaida y ETA -o entre los islamistas y los que se entierran como Dios manda-, y para que alimentemos la convicción subconsciente de que el terrorismo etarra es más sostenible, se mueve en parámetros «civilizados», y no trata de destruir la sociedad occidental. Pero tampoco podemos ceder ni un ápice a la aparente racionalidad de esa mentira. Porque la lógica de la sociedad democrática se rompe con un solo petardo o una sola imposición forzada, y el resto, las cuestiones de estilo y cantidad, no deben interesarle más que a los encargados de meterlos en la cárcel. La tercera idea que quería publicitar la dinamita de ETA es que aquí no ha cambiado nada, y que, cuando se trata del llamado problema vasco, da igual Aznar que Zapatero, el belicismo que el pacifismo, el dogmatismo que el buen talante y la incomunicación que el diálogo. Pero, aunque esta idea parece más sutil, también es mentira. Porque, lejos de haber un razonamiento político subyacente a las bombas, sólo hay la obsesión enfermiza de la muerte. Lo que sigue siendo verdad es que un loco asesino puede matar a cualquiera en cualquier momento. Y con esa verdad aún tendremos que convivir largo tiempo.