LAS OTRAS ciudades, las que no son la nuestra, se pueden visitar de frente, pertrechados con guías y repertorios de historia, de arte, de literatura. Es como llevar un GPS personalizado ávido de imágenes y percepciones, reducidas luego a algunos estereotipos y anécdotas entrañables que pasan a forman parte de esa ciudad imaginada a la que le clavamos una instantánea de fotomatón. Otra forma de aproximarse a esas otras ciudades, sobre todo en pleno ferragosto, consiste en ir a la deriva, mecido por el dolce far niente, con una mirada oblicua y dejándose sorprender por las sensaciones. Esta posición tangencial obliga a evitar la aglomeración, no tanto por una pose cultural, sino más bien para poder apreciar en singular la perspectiva y la belleza de lo sublime. Visitar Venecia de esta forma supone no obstinarse en ver todo lo grande, lo monumental, prescindir de vaporettos y góndolas y cafés turísticos, torcer la esquina al azar, fijarse en lo anónimo, en lo recóndito. Lo que interesa es poder captar vivencias y pensamientos y, luego, atribuir a cada uno de ellos una narración para formar esa ciudad imaginaria . Porque en Venecia la única historia por contar es la tuya. Es, sencillamente, verla con tus ojos y no con los de los demás, pasearla sin ánimo de trascendencia ni de erudición, sin prejuicios que te condicionen y predestinen tu visita. La ciudad es el teatro; el actor y espectador eres tú. En los canales pequeños fíjate en las escaleras de mármol de acceso a las casas, que se hunden en el agua turbia. Cabe preguntarse si es el agua quien ha abierto los canales entre los que se han asentado los edificios, o más bien si son éstos los que han retirado sus umbrales para dejar pasar el agua. En pleno mediodía, cuando el sol inclemente hace huir a la humanidad, sitúate al borde del canal exterior para mirar en la distancia la otra orilla edificada, sin ninguna sombra, con el espejeo vibrante de la laguna. Déjate llevar por esa belleza impúdica. Introdúcete en los callejones en sombra y llenos de plantas, que son como respiraderos donde el aire seca tu sudor y te refresca, y fíjate en las fachadas domésticas. Deja para otro viaje los monumentos y observa la radiografía de las paredes, el ladrillo cosido con grapas de hierro que sujetan sus grietas, los relieves incrustados, los revocos y las sucesivas manos de pintura de bellísimos colores, los graffiti . Y, ya que quieres seguir adivinando la historia, lee las placas del callejero escritas en tinta con letras de molde sobre un modesto enlucido, rememorando los nombres antiguos. Si bajas la vista, distinguirás las ventanas y contras, las puertas y rejas, y junto a ellas las delicadas placas doradas de sus habitantes viejos y nuevos, que son los que dan el hálito vital al centro histórico. Y si echas de menos un compendio del arte de oriente y occidente, de Bizancio y la cristiandad, ponte a la sombra del cubo donde se encuentran San Marcos y el palacio del Dogo, y observa cada una de las incrustaciones históricas. En esa esquina está todo. Cuando uno habla con los arquitectos venecianos, los encuentra críticos con los proyectos que se ciernen sobre la ciudad. Y surge, inevitablemente, como punto de acuerdo el nombre de Ruskin, que volcó en palabras e imágenes todo el amor por las piedras de Venecia.