Lo que más odio

OPINIÓN

EL ADOLESCENTE protagonista de El guardián entre el centeno repetía cada dos páginas: «Lo que más odio de este mundo es...», y llenaba los puntos suspensivos con una afirmación distinta cada vez. Algo natural de esa época en la que está asentándose la personalidad: a falta de recurso mejor, procede subrayando lo propio y negando lo ajeno. Como lo propio todavía es poco y difuso, el adolescente se define negando a los demás, excluyendo, restando, odiando. No es capaz de sumar todavía y acude entonces a lo fácil: sustraer. Lo pasa mal hasta que comprende que, para enriquecerse, para modelar su corazón, necesita salir de sí. Y sale, con la ayuda de sus padres, sus profesores, sus amigos. Si no, recala inevitablemente en la violencia, incluso contra él mismo, o en la imitación gregaria. Esta patología algo simplificada se aplica también a las culturas. Sólo las maduras dialogan con otras sin miedos, odios ni complejos. Las adolescentes son odiadoras y se aíslan en una endogamia que, como todas, produce raquitismo y bocio (Magris). O van al choque. Como ciertos movimientos en boga, no escuchan: buscan la confrontación, la bronca y rehuyen los argumentos. Quizá porque no los tienen.