«MOÇA tan fermosa non vi en la frontera...» es la serranilla bachilleril en que el Marqués de Santillana cuenta su chasco con la vaquera de la Finojosa, aunque tuvo mejor suerte en otras correrías por somontanos y serranías, pero con ésta serranilla basta para adornar mi folio y menos mal que no tengo que echar mano del Arcipreste de Hita, clérigo cachondo que en sus tientos a las serranas tuvo ocasión repetida de saber cuánto valía un peine. Servidor, ni marqués salido ni arcipreste con rijo, se conforma con que sus señoras sean las truchas, dueñas y dulcineas de sus pensamientos, por las que está dispuesto incluso a esperar a que amanezca a la vera del Tambre, del Deva, del Eume¿ para poder tentarlas con artes castas y con cebos puros que hagan de la sartén el tálamo en que se consuma la felicidad mutua o, al menos, la mía. Pero hay días en que, tras una jornada del más sublime erotismo con mis señoras, te sale al paso una serrana que resulta ser la «mujer brava» encuadernada en rústica para lance agreste más que bucólico, lance que, con los apuros del Arcipreste en la memoria, te invita al mutis sin enredos. Había sido una mañana doblemente nutritiva. Nutritiva porque volvía del río con unos dos kilos de truchas que me iban a valer parabienes y ditirambos familiares, además de la consabida y original pregunta de dónde las había comprado, tan consabida y original que, si no me la hacen, entiendo que mi familia ya no me quiere. También nutritiva porque disfruté de cómo una nutria se nutría ¡Toma estilo y toma etimología, tío! El caso es que volvíamos mi coche y yo por pista estrecha y me topé con una moza como un armario, celta a tope. Yo tenía unos ocho trienios de ventaja sobre ella, pero no tendría ni media bofetada si tuviésemos que llegar al «casus belli». Ella, la serrana a la que nunca jamás haré mi serranilla, pilotaba un arado a paso de procesión y yo tenía alguna prisa. Tras un trecho largo y lento de paciencia, llegamos a un desvío en el que me permití avisarla con la bocina y pedirle que me dejara adelantar, lo cual me ahorraría o un cuarto de hora o un rodeo de tres o más kilómetros. La moza miró hacia atrás y parecía que su brazo iniciaba el movimiento de invitarme a pasar, pero tras el antebrazo, el brazo y la palma de la mano venían cinco dedos, dos de los cuales -índice y anular- se doblaron para que el dedo central o corazón se regodease en su desvergonzada y solitaria erección. A ese dedo por tales alardes lo llamaban «impudicus» o «infamis» los latinos. Pero en Roma esas cosas solamente las hacía Mesalina.