EL PROPIO HECHO de que los analistas hayan disminuido sus reflexiones sobre Irak en los medios de comunicación delata la realidad de que el conflicto se ha estancado, sin que haya avances o retrocesos claros en la vía que supuestamente debería llevar a la estabilización y democratización del país como pieza clave de la paz en el Cercano Oriente. La constitución de un Gobierno interino iraquí ha generado una dinámica positiva, pero hasta ahora ha sido incapaz de atajar el caos y detener la ola de violencia que arrasa amplias zonas del país. Sin embargo, el hecho de que se haga visible esta debilidad o impotencia político-administrativa está generando una doctrina propia en el seno del Gobierno interino. Una doctrina que se ha manifestado en un doble sentido: primero, en el deseo, claramente expresado, de que la fuerza multinacional que encabeza EE. UU. permanezca en Irak hasta que el país recupere su capacidad de defenderse y de garantizar la seguridad ciudadana, y, segundo, en la voluntad de pedirle a la Unión Europea, siempre remisa, que se convierta en un jugador clave en el tablero de la zona. Esta petición, formulada por el presidente interino, el suní Gazi al Yauar, se convertirá probablemente en el eje de la política exterior iraquí a corto plazo. Y la UE tendrá que dar una respuesta, que con seguridad será justamente la que desea dar: la de contribuir progresivamente a la reconstrucción del país desde una concepción multilateral del mundo y de este propio conflicto. ¿Cuál es el problema entonces? Que el país todavía no responde a la definición que de él hacen la administración estadounidense y el Gobierno interino de Irak. El descontrol y la inseguridad es de tal magnitud que cualquier análisis apegado a la realidad debe reconocer el peligroso estancamiento en que ha degenerado la situación. Irak es un pantano que no remite. Un país que está llamado a liderar la estabilidad en Oriente Próximo, pero que, si no hay condiciones para la paz y la reconstrucción, con sensibles mejoras del nivel de vida, puede ofrecer el resultado contrario: un país convertido en un permanente foco de desestabilización. Es el futuro que está en juego.