SÍ, aunque sorprenda a alguno y duela a otros, hay que decirlo sin aplicar a la verdad paños calientes: Paco Vázquez ha cometido un gran error, y lo que ha venido después no es sino la consecuencia ineluctable de ese fatal error de planteamiento. Persuadido del respeto general que se ha ganado tras sus largos años de gestión municipal y convencido de estar defendiendo una causa razonable, Vázquez no ha sabido resistir la tentación de presentar su proyecto de construcción de un puerto exterior para A Coruña como lo que es en realidad: una gran obra. Gravísima equivocación la del alcalde, cuyos dolorosos resultados pueden apreciarse un día y otro también: tan grave, que lo del puerto exterior ha acabado convirtiéndose, a ojos vista, en un verdadero vodevil en el que van anudándose, en sorprendente sucesión, todos los ingredientes necesarios para cuajar una frívola y descarada pieza cómica. ¡Cuando hubiera sido tan fácil echar mano de una fórmula de infalibilidad reconocida! ¿Que qué formula? Es evidente: la del Forum. Si uno quiere hacer una gran obra, de esas que suponen la inversión de un porronazo de millones, no puede uno presentarse ante la gente con la cosa vulgarísima de que quiere hacer un puerto y unas casas, por más grande que sea el puerto y más numerosas que sean las viviendas. ¡No señor! Uno tiene que montar un Foro para hablar de las redes, las culturas, la globalización, la pluralidad, la ósmosis, las sinergias y, digamos, la convergencia divergente de las perspectivas analíticas que facilita el intercambio combinado que tiende a deslocalizar los centros de poder. Paco Vázquez, ¡era visto!, no tenía que haber hablado de dársenas, volúmenes de edificabilidad, distancias entre centros productivos, flujos comerciales y todas esas zarandajas que no son capaces de emocionar ni al más pintado, y debía haber hecho lo que hizo quien más sabe de sacar pasta al centralismo centralista, su colega Maragall, cuya habilidad para esconder (nada por aquí, nada por allá) un proyecto urbanístico de descomunal envergadura tras las bambalinas de un teatrillo cultural para consumo de ciudadanos satisfechos es asombrosa. Menos cemento y más teatro balinés, más orquestas maoríes y más políticos jubilados a razón de un montón de euros por sesión: esa es la fórmula. Porque esa misma ministra que se atreve, a conveniencia, a poner mil obstáculos para hacer un nuevo puerto, se quedaría seducida si el plano de las obras se disfrazase con una portada de corrección política intachable: por ejemplo, la que anunciase la fusión entre el fuego, la tierra y el agua amenizada por un conjunto armenio cuyos miembros tocasen la ocarina con los pies.