| O |
02 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.CON SUS películas Reservoir dogs y Pulp fiction, Quentin Tarantino nos convenció de que tenía un extraordinario talento. Casi hubo unanimidad, y las puertas se le abrieron. Ahora, con la segunda parte de Kill Bill, tan floja como la primera, se empeña en demostrarnos que también puede ser un creador mediocre, desprovisto de ingenio. ¿Qué pensar de él ahora? Se ha metido a competir con los grandes creadores del cómic y ha perdido. Kill Bill es una historia vulgar, simple, ni siquiera interesante, ni remotamente verosímil, con ocasionales chispazos de originalidad (pocos, pero los hay)... ¿Qué pensar ahora de este admirado director, niño bonito de Hollywood, joven promesa de un cine mejor, ínclito renovador de todo aquello que al parecer ha renunciado a renovar? Tarantino. Nos habíamos enamorado de él, y ahora acudimos fielmente a ver sus películas ocultando nuestra desazón y nuestra desesperanza. Sabemos que no podemos ser tan complacientes como para aplaudir su Kill Bill , pero ¿cómo desdecirnos de nuestras alabanzas de antes? A pesar de esta última obra, seguimos confiando en él. Todavía creemos en el tipo que rodó Pulp fiction. Nunca será un cualquiera. Seguro.