SE FUE el mes de julio con el petróleo por las nubes, el genocidio árabe de los negros sudaneses del sur y los actos celebratorios, por los británicos, del tricentenario del expolio de Gibraltar, con la visita al Peñón de la princesa Ana, el regreso del Tireless y el garbeo por la colonia del titular británico de Defensa. El peso de cualquiera de estos asuntos valdría por sí solo para catalogar la estación en curso de verano de abrigo. Al mercado del petróleo se le han roto las costuras con la caída de las exportaciones iraquíes por los sabotajes de la posguerra, el presumido corte ruso por el pleito de Putin con Jodorkowski y, sobre todo, por el disparo de la demanda china de barriles de petróleo, que crece paralela a la del acero (los precios tiemblan porque los chinos se montan en su Seiscientos). El Gobierno de Jartum desoye a la ONU en su exigencia de que desarme a las milicias que matan y violan al ébano cristiano y animista, pese al clamor del mundo y a la petición papal de una injerencia humanitaria en el conflicto crónico del Sudán islámico e islamizante. Y el Gobierno de Rodríguez exhibe urbi et orbe el peso de la irrelevancia diplomática sobrevenida a España, por el ejercicio británico del cachondeo celebratorio. Caen las facturas por la Anabasis iraquí valerosamente ejecutada por el ex condecorado ministro Bono; pero no todo está perdido ni todo se vuelve levedad y retroceso internacional: un contingente militar hispano-marroquí hará una contribución decisiva a la paz de los haitianos. El destino de nuestras misiones militares en el exterior ha encontrado su marco conceptual en el onegismo y la beneficencia global, pues lo que hizo el anterior Gobierno, según el ministro Moratinos, era «retórica». Con lo que ahora nos ahorramos en independencia diplomática, cedida a Francia, podremos seguir comprando el encarecido petróleo y sonriendo al efecto invernadero.