Agosto: instrucciones de uso

OPINIÓN

31 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

DE ENTRE los muchos libros maravillosos que escribió Julio Cortázar siempre he sentido especial debilidad por sus Historias de cronopios y de famas , obra inclasificable que, entre otras joyas, incluye un «Manual de instrucciones» que no tiene desperdicio: instrucciones para llorar, para cantar, para tener miedo, para entender tres pinturas famosas, para matar hormigas en Roma, para subir una escalera y, en fin, para dar cuerda a un reloj. Después de leer todas esas instrucciones la asalta a uno la pavorosa sensación de haber vivido hasta entonces casi de milagro, sin conocer avisos tan claros como este: «Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas». ¡Fantástico! ¡Qué precisión en los conceptos! ¡Qué sabiduría en los consejos! No nos legó Cortázar, sin embargo, ¡pobre de nosotros!, unas instrucciones para pasar el mes de agosto. Y hoy, primer día del correspondiente al año 2004, nos enfrentamos, por lo tanto, desguarnecidos y angustiados, a la peligrosísima aventura de vivir nuestro mes de vacaciones sin contar para ello con ese conjunto mínimo de reglas y advertencias que pueden evitar que este período tan largamente esperado acaba convirtiéndose en un insoportable vía crucis. Y es que agosto no tiene la culpa, ¡coitadiño!, de que nuestra mala cabeza nos induzca a proponernos para un mes esas hercúleas tareas a las que no hemos sido capaces de incar el diente en todo el año. Sin ir más lejos: adelgazar, hacer deporte, aprender inglés, leer Ulises , pintar los dormitorios, ordenar la mesa de trabajo o salir de paseo en bici a la hora de las cañas. Por eso la principal instrucción para pasar el mes de agosto que hoy comienza no puede ser otra que la consistente en seguir, al pie de la letra, aquella advertencia que la pluma de Dante inscribió en las puertas del infierno: «Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza». Pues igual los que empezamos hoy las vacaciones. Abandonemos toda esperanza infundada de convertir agosto en un campo de trabajo y tirémonos, en consecuencia, a la bartola de la desesperanza y el relajo: fuera inglés; y fuera régimen; y, por supuesto, fuera Ulises. Y, ya puestos, fuera calendarios, que son, sin duda, los mayores enemigos de la felicidad del ser humano. No es posible disfrutar de 31 días, ¡31 nada más!, pensado hoy que quedan 30 y mañana 29, sino gozando cada uno como si fuera eterno y fuera el único. Cortázar nos enseñó que no hay que subir una escalera de costado. De habérsele ocurrido nos hubiera recomendado, muy probablemente, que lo mejor para pasar el mes de agosto es no vivirlo como si tratásemos de subir cien escaleras.