El centro del mundo

OPINIÓN

NUGALLÁS es una parroquia gallega donde se ubica el centro de Galicia. Tiene únicamente dos habitantes, hombre y mujer de la misma familia, ambos ancianos. Toda una radiografía de la sociedad rural gallega a la vez que una metáfora de la creación del mundo. Ni Lalín ni el monte Faro pudieron conservar su acientífica hegemonía de piedra fundacional de este viejo reino. En el origen primero de un centro encontrado a partir del cual creció Galicia está Nugallás. Sucedió en el transcurso de una cena reciente. Uno de los comensales mantenía que siempre había creído y porfiado que el centro de Galicia estaba en su pueblo, una bella villa marinera, que la más alta de las montañas de la tierra era el monte donde está la ermita de San Andres de Teixido, desde el cual se podía contemplar el resto del mundo, y por la noche contar todas las estrellas que tapizan el universo. Pronto salió de su error, pero pese a ser una persona ilustrada y cabal, es ahora cuando más que nunca mantiene que el centro de Galicia está en su pueblo, que ha vuelto a convertirse en la trabe de ouro que sujeta al resto del mundo. Mi amigo comensal sabe bien que la medida de las cosas está en el hombre, y él, agrimensor de fantasías, leyó en un camino de la sierra de la Capelada que efectivamente su país tiene su centro en el pueblo que lo vio nacer. Discrepaba un segundo comensal y argumentaba que el centro de Galicia se hallaba en su lugar de origen, pese a estar en una esquina del país. Y lo decía con tanto énfasis que me dispuse a creerlo, porque es bien sabido que el centro de Galicia está allí donde vaya un gallego, está en las sístoles y diástoles de un corazón que nunca se marchó del lugar en donde nacimos. El centro de Galicia lo llevamos puesto cada uno de nosotros, no importa nuestro deambular cruzando fronteras y navegando mares; yo he visto a paisanos nuestros residentes en Buenos Aires o en Zurich que nunca habían salido de su aldea. Su pueblo había viajado con ellos, era la ciudad portátil en el fondo de una maleta de buhonero, y si algun día rendían viaje, la dirección de partida tendría por fuerza que coincidir con la de destino. Tercié en la conversación y mantuve que mi amado pueblo no era, efectivamente, el centro de Galicia, pero sí el del mundo. Hablé de los mundos conocidos y sostuve que todos cabían en el que yo había diseñado cuando deje atrás el lugar en donde nací. Conté las muchas razones que existen para que esto sea así y cómo en una fábula fui metiendo todos los mundos dentro de mi mundo como en una matrioska rusa, una de esas muñecas que acogen a otras más pequeñas dentro de su cuerpo de madera policromada; la imagen me venía bien y ya a los postres me fui dando cuenta, mientras se leía el fallo de un premio de verano, que el centro del mundo está en los libros que fueron creciendo con nosotros, que son el capitán Akab de Melville en Moby Dick o Nemo de Verne en Veinte mil leguas de viaje submarino , quienes gobiernan el timón que establece el centro del mundo, de los mundos que habitan las lecturas que nos orientaron como brújula y rosa de todos los vientos definitivos, que eso era verdad y las tesis que mantenían mis contertulios, fantasía. Al finalizar la cena, era una maravillosa noche de julio bien crecido, me detuve a escuchar la respiración de la mar, vi cómo merodeaba la luna coqueta perfilando la silueta de los barcos, y fue entonces cuando, asomado a la terraza de mi hotel, A Coruña me pareció por un instante el centro del mundo. Tal vez lo sea.