LA RADIO informaba de que los partidos políticos han acordado cerrar las sesiones de la comisión parlamentaria del 11-M hasta el 7 de septiembre, que será cuando intenten pactar las conclusiones. El taxista se volvió hacia mí y me dijo: «No lo entiendo. Vienen unos tipos y matan a doscientos españoles, y los españoles nos ponemos a discutir entre nosotros. ¿Usted le ve el sentido?». Le expliqué el sentido que creo que tiene, pero el buen hombre me miraba con un escepticismo que superaba al de Mariano Rajoy cuando habla de la relación entre la verdad y el previsible resultado de la votación final en la comisión. Aquel hombre no entendía los cruces de acusaciones que oía en la radio y que parecían buscar algún culpable de tampoco sabía qué. Volví a argumentarle que, en una democracia, es lógico y deseable intentar esclarecer la verdad y lograr acuerdos de futuro, pero me interrumpió con respetuosa contundencia: «Nadie quiere saber la verdad. La verdad la sabemos todos. Quien lo hizo dijo por qué lo hizo. ¿Qué otra verdad buscamos?»... Había terminado el trayecto, bajé del taxi y pensé que los políticos, en vez de discutir tanto entre sí, deberían escuchar más a ciudadanos como éste, tan directos, tan perplejos. Son sus votantes.