CUENTAN los que bien lo hacen (pero Dios es el más grande) que allá por el año 41 fue el obispo de Mondoñedo en visita pastoral a Lanzós. Don Benjamín Arriba y Castro ofreció un cigarrillo al párroco. «Muchas gracias, excelencia, es que no tengo vicios». Medio mosca, el prelado le respondió: «Sepa usted, señor cura, que fumar no es un vicio, sino un placer; y si fuera vicio, usted fumaría». Ahí tenemos un ejemplo concreto de la filosofía de Campoamor: todo según el cristal... para el amo, placer, y para el de abajo, vicio. Y la diferencia se da entre gente de la misma congregación. Por eso, aun con la mejor voluntad, nos va a ser bien dificil seguir las indicaciones de la Iglesia en septiembre. ¿Cómo vamos a decidir nosotros si es bueno o malo el matriminio entre homosexuales? No vemos en las alturas una conducta clara, por mucho que la Conferencia Episcopal nos llame a intervenir. Antes de manifestar algún juicio, tendríamos que estar bien orientados, no sólo por palabras, sino por obras. Y que los Santos Padres -de Roma y de sus provincias eclesiásticas- adopten una posición común para que podamos obedecer. No voy a referirme al pasado, aunque sea muy reciente, como los casos tan difundidos de pederastia eclesial en Gran Bretaña, en Estados Unidos y en Austria. No; me limito a lo que está ocurriendo en estos momentos en el seminario de Sankt Pölten en la misma Austria: la Iglesia católica está perturbada y dividida desde que la policía descubriera más de 10.000 imágenes pornográficas, la mayoría de ellas de carácter pedófilo, en las computadoras de varios sacerdotes de este establecimiento. En el número del doce de este mes, el periódico Profil remacha el clavo publicando varios reportajes. Según la revista, el director de dicho seminario dispensó el matrimonio homosexual a dos alumnos, y, entre otras fotos, muestra dos especialmente expresivas: en una dicho director trata de abrir la bragueta de un estudiante; en la otra se ve al subdirector besando apasionadamente a otro seminarista. Yo en esto tengo mi experiencia, que quiero referir en honor de la Santísima Iglesia. Cuando estaba interno en Madrid en el colegio Apóstol Santiago, entre mis trece y dieciséis años, se enamoró de mí el director espíritual don Pedro Sanmartín. Era un sacerdote de nuevo cuño, parecido al Gregory Peck de Vacaciones romanas , con su Vespa y todo. Me llevaba en taxi al cine y me invitaba a comer tortitas con nata en la Granja Callao, fíjense, en aquellos años del hambre. Yo sentía su amor, y mi padre bien que me prevenía, pero el hombre jamás se propasó lo más mínimo, y créanme que con la distancia lo siento, pues me hubiera dado para un novelón. Ante la que se armó en Viena, las autoridades eclesiásticas intentan limitar las consecuencias. El obispo de Sankt Pölten, Kurt Kreen, explica que «se trata de una fiesta de navidad, y es tradicional besarse en ella». Y en cuanto al beso homosexual, el prelado explica que en ninguna parte el derecho canónico condena el beso con lengua . Son argumentos que yo, personalmente, quisiera que toda la jerarquía compartiera y se convirtiesen en dogma. La Iglesia de Austria ya se había metido en 1995 en tales embrollos por culpa del arzobispo de Viena, Hermann Groer, acusado por dos ex seminaristas de haber abusado de ellos. El arzobispo fue recluido en un convento y allí terminó sus días, en el seno de la Iglesia, sin condena formal. Sería ésta conveniente ahora, para que podamos actuar según los principios de una fe que hace largos años perdí, y que tomen una posición común, desde el Papa de Roma hasta el párroco de Lanzós. Que no vuelva a ocurrir lo que en mi pueblo, cuando las viejiñas pasaban delante de la consulta de un urólogo: Fulano de tal. Especialista en enfermedades venéreas. De cien casos, noventa curas. Y las beatas no tengan que santiguarse y decir, como entonces: ¡Dios mío, cómo sigue el clero!