LOS MEDIOS de comunicación y la prensa en particular son parasitarios de palabras que cobran súbitamente una inusitada vigencia, o entran en una renovación de su curso legal gracias a un valor de uso inexistente hasta el momento en que el azar de los mecanismos subconscientes de la escenografía lingüística las activa y pone en juego. Es un fenómeno llamativo porque fuera de la función decorativa de la palabra introducida en el discurso no hay absolutamente nada. Y eso es lo que está ocurriendo con la palabra talante a la que, por la vía del hechizo, se le ha incorporado una calidad que, en rigor, le es impropia. Se utiliza talante como si fuera bueno tenerlo y manifestarlo, y malo no tenerlo o mantenerlo oculto. Un talante nuevo o simplemente un talante, puede significar algo en el contexto de la comparación con un talante viejo, antiguo o llevado a sus últimas consecuencias, si es que los talantes tienen últimas consecuencias -que a lo mejor sí-. En tal caso, el significado del talante nuevo o del nuevo talante tendrá que ver con la memoria que se guarda de cómo era de bueno o malo el talante viejo utilizado como referente. Si ese referente no se recuerda, el significado del talante nuevo se evapora y disipa. Los estructuralistas que hace unos veinte años vivían en el apogeo de su plenitud, y en la inopia de su decadencia, hablaban de la muerte del referente para referirse, probablemente, a la entrada en vigor de un lenguaje gratuito en el que las palabras se utilizaban para ocupar un lugar en el discurso, y no para dotarlo de un significado que acreditara el sentido de su comunicación. Intentaban denunciar la entronización de la nada como cosa, y del vacío como densidad. Talante, lo que se dice talante, tenemos todos. Hay talantes buenos y talantes malos, sin que unos y otros sean incompatibles con otros aspectos de lo mismo. Así, uno puede tener buen o mal talante y, además, tenerlo apacible o turbulento. Un tipo de mal talante pero con un talante añadido apacible, será un sujeto temible en la confrontación y en la controversia. Otro que, por el contrario, tenga o padezca un buen talante con el añadido de turbulento, nos llevará al desconcierto y a la perplejidad desde la que observaremos su ruina, si se produce. El talante es una decoración del carácter, y el carácter se tiene antes de que se pueda decir si es bueno o malo. Decir de un tipo que tiene carácter no es precisar si lo tiene bueno o malo, ni ceñir la cualidad de ese carácter a lo llevadero de su talante. Sin esta precisión, todo lo que digamos del individuo «con carácter» será inútil y todavía más desorientador si tenemos en cuenta que al decir de alguien que «tiene carácter» sólo sugerimos que lo tiene «fuerte», sin tocar en absoluto la cualidad buena o mala, positiva o negativa de ese carácter. Tampoco la precisión asegura gran cosa. Un buen talante puede hacer más agradable la partida, pero no cambia el signo de los naipes ni la fortuna de los descartes ni el rigor de las jugadas. Viene muy bien, sin embargo, para apuntalar faroles y adecentar los gestos y ademanes a la hora de que vengan mal dadas. Es para lo que no sirve el mal talante.