NI AUN sus críticos más agrios negarán al lendakari habilidad para presentarse como el campeón de los hombres comprensivos. Es así, con su tonillo de beato, como consigue Ibarretxe descolocar a sus diversos adversarios, forzados todos a hacer un esfuerzo colosal para no parecer intransigentes frente a esa imagen viva de bondad. Por tener, tiene el lendakari de monacal incluso una tonsura, no se sabe si forzosa o de propósito. Mas, tras esa apariencia santurrona, se agazapa la dureza berroqueña de quien cree que acabará obteniendo lo que exige a base de no dar nunca un paso atrás. He ahí la esencia del asunto. Ibarretxe dice aceptar todas las discrepancias y entender todas las sensibilidades, pero nada de eso le lleva a bajarse de la burra. Y ello pese a que el partido que lo apoya no ha logrado obtener nunca más que el voto de uno de cada tres vascos inscritos en el censo. Tal cosa es para el lendakari una minucia, pues su legitimidad -piensan él y su partido- no deriva sólo de los votos sino del hecho, que ningún buen vasco negará, de que el PNV es el partido de los vascos , de modo tal que todos los que no lo votan son en realidad vascos errados, cuando no vascos renegados. Es esa conciencia de encarnar las esencias de un pueblo que renace la que lleva al PNV a aceptar que su plan puede discutirse... siempre que se asuma que al final deberá ser aceptado, porque así lo decidirán los vascos que el PNV representa. Por eso insiste el lendakari en que «si no se respeta la voluntad de la sociedad vasca es difícil encontrar soluciones»: porque él y los que votan como él son, supuestamente, la sociedad vasca de verdad. Y porque es esa voluntad la que, de un modo u otro, trata de imponerse. Quizá ayer no era el día para que el presidente del Gobierno insistiese en la insolencia antidemocrática que trufa ese inadmisible planteamiento. Pero, antes o después, deberá Zapatero dejar claro al lendakari que las cosas no son como él se cree. Y que no hay en todo el mundo ni un solo Estado federal donde la secesión (o el cambio de vinculación territorial) de una de sus partes puede ser decidida por la misma unilateralmente, sin contar con la voluntad conjunta del Estado. Tras la visita de antes de ayer a la Moncloa, dijo el lendakari que «el apetito viene comiendo», para significar que el diálogo crea más diálogo. Es verdad, aunque la metáfora podría servir también para explicar la ejecutoria de quienes, tras casi un cuarto de siglo en el Gobierno, han demostrado, contra toda lógica sensata, que su voraz apetito de poder es insaciable. No estará de más tenerlo en cuenta para cuando haya que empezar a hablar en serio de las cosas de comer.