Sobre mausoleos y narcisos

PROCOPIO

OPINIÓN

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO (I)

24 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

ERA ESE MOMENTO en que la tarde todavía anda dudando en convertirse en noche. En el bar del Hotel Alvear Corvus llevaba ya un largo rato sentado delante de su segundo whisky sauer. Aprovechando el año sabático que le había concedido la Agencia de Inteligencia judía para la que trabajaba -y también que por un euro le daban casi cuatro australes- hacía dos meses que se había venido a Buenos Aires. Quería indagar sobre un hecho que desde hacía tiempo le intrigaba: el extraordinario parecido que los mausoleos de Recoletos tenían con los que de joven había visto en le cementerio de Génova y muy particularmente el de aquéllos en los que unos extraños signos que el propio Cuervo había descubierto permitían identificarlos como pertenecientes a miembros de la masonería. El maestro Jünger había escrito: «El más horrendo de todos los aspectos que ofrece el burgués es el modo en que se hace enterrar», y Corvus creía que indagando sobre lo que se ocultaba tras aquella orgía de mármoles, cruces, ángeles, trompetas y epitafios, podían obtenerse datos importantes sobre la condición humana. Pero lo que realmente le gustaba hacer en Buenos Aires era lo que ahora mismo estaba haciendo. Sentarse en el hall del hotel e ir dejando pasar lentamente el tiempo mientras observaba a la gente que entraba, salía o se reunía en las mesas cercanas a la suya. A Corvus le intrigaba especialmente aquella fruición con que los argentinos, al menos aquéllos a los que la plata no les había sido esquiva, se complacían en la imagen que de sí mismos se inventaban. Nunca como en Buenos Aires había conocido el Cuervo a tanta gente ocupada, y muchas veces embriagada, en la representación de un papel imaginario. En revestirse de un ego maravilloso superpuesto como una máscara embellecedora a su propia personalidad. Por un momento se acordó de aquella «meditación de los guarangos» que Ortega había prometido y que después nunca publicó. Narciso, pensó el Cuervo, era argentino. Y también pensó que ésa era quizás la verdadera tragedia del país. Que su clase dirigente, por lo demás tan culta y educada, una y otra vez, como Narciso mirándose en el agua de estanque, se ahogaba en la contemplación y complacencia en su propia imagen. La oferta del Brain Trust En estas cavilaciones andaba metido el Cuervo cuando lo llamaron al teléfono. Desde Nueva York los jefes de la Agencia le pedían que volviese rápidamente al trabajo. El Brain Trust que diseñaba la campaña de John Kerry estaba muy interesado en que alguien les explicase un hecho que los tenía perplejos. Se trataba de saber cómo un tal mister White, del que sólo se sabía que había nacido en Palas de Rey, que usaba gafas y que los amigos le llamaban Pepiño, había podido derrotar en unas elecciones generales a unos fontaneros hasta entonces considerados invencibles. A aquéllos que habían conseguido subir y mantener durante ocho años en lo más alto del poleiro a un personaje cuyas limitaciones sólo ahora después de ser vencidos resultaban evidentes. También querían saber cómo un gobierno que había promovido en su país la recuperación económica más espectacular de toda su historia moderna había podido ser derrotado en las urnas por unos casi desconocidos. Nunca, en Europa, había ocurrido algo parecido. La pasta que el Brain Trust ofrecía por la información era muy importante pero más lo era aún la urgencia con la que la solicitaban. Corvus no perdió un solo instante. Desde su PC envió más de treinta mensajes cifrados, y después de sortear varias manifestaciones de aquellos piqueteros que, como solía suceder un día sí y otro también, bloqueaban los accesos del aeropuerto de Ezeiza, se coló en el avión de Aerolíneas que en ese momento despegaba rumbo a Madrid. Al llegar a Barajas, los cuervos que Corvus había convocado ya llevaban varias horas reunidos. Todos coincidían en una cosa: lo primero que tenían que hacer era obtener información fiable. Un cuervo que había venido desde Tel Aviv se había traído consigo el último grito en micrófonos ocultos: un microchip de tamaño ligeramente superior al de una pulga que no sólo captaba y registraba cualquier tipo de sonido sino que también era capaz de registrar los potenciales electromagnéticos que produce en el cerebro el pensamiento y la emoción. Después, ya en el laboratorio, unas sofisticadas redes neuronales convertían los registros en lenguaje. Durante cinco días, todo el Corvus Team se dedicó a instalar microchips en los lugares que consideraban estratégicos: en una muela picada de Rubalcaba, en las patillas de las gafas de Mr. White, en la barba de Juan Luis Cebrián, en los tirantes de Pero Jota, en el trasero de Almodóvar, en la bicicleta de don Mariano, en la bodega de Maragall, en el bigote de Rovireche, debajo de los manteles de Zalacaín, en miles de top manta, en la chequera de Polanco, en algunos tricornios, en todas las filiales que el Club Rasputín, animado por una publicidad masiva y gratuita, estaba abriendo a toda prisa en los alrededores de Madrid. Al cabo de dos semanas, los cuervos procesaron toda la información. Con unanimidad casi absoluta, los micrófonos aportaban una única palabra clave. Esa palabra era talante. (Corvus, sonriendo, murmuró: ¡qué curiosa coincidencia! Se acordó de Agustín de Foxá, de Rafael Sánchez-Mazas, de José María Alfaro, del Laín más joven. Porque en los primeros años 40 talante con ademán, estilo, destino, luceros, vertical, azul y camarada había sido palabra obsesivamente habitual en los creadores de la poética de yugo y de las flechas. Pero a nadie hizo participe de esa jugarreta del lenguaje, no fuesen a tomarlo por compañero de viaje de Pío Mon. Pero pensó: sería genial que alguien añadiese que con el nuevo talante «en España empieza a amanecer»). Hermenéutica posmoderna La aportación de las ondas electromagnéticas cerebrales fue mucho más confusa. Los perfiles de los registros se acercaban mucho más a los que producían las emociones que a los que eran típicos del pensamiento abstracto. Un cuervo que había hecho su tesis doctoral sobre esa técnica afirmó que se parecían mucho a los que había encontrado en niños entre doce y catorce años de edad al analizar las sensaciones que les producía la llegada de las vacaciones del verano. Especialmente en aquéllos que durante todo el curso habían estado internados en colegios religiosos. Ésta fue pues la conclusión sobre las causas de que ocurriese lo que realmente ocurrió: cambio de talante, sensación de liberación, ambiente de veraneo, relax. (Los cuervos de derechas que alguno había, propusieron escribir relajación en lugar de relax pero la propuesta no fué aceptada). Aún andaban dándole vueltas a cómo traducir talante al inglés cuando un cuervo que había sido seminarista en la Escuela de Frankfurt dijo que los datos fuera de contexto no tenían ningún valor y que había que someterlos a una exégesis hermenéutica. Los cuervos madrileños que eran mayoría nunca habían oído tales palabras, pero para no aparecer como iletrados aceptaron sin rechistar la propuesta. El cuervo, que era profesor de lógica difusa en Mannheim y que había trabajado con Ronald Inglehart en la confección del Eurobarómetro de los valores, inició la discusión diciendo: Lo que aquí ha ocurrido es un ejemplo típico de cultural Shift . Y ante la cara de extrañeza que pusieron algunos, aclaró: Esto quiere decir que en las sociedades avanzadas, los votos ya no dependen tanto de la pertenencia a una clase social determinada con la identificación con unos valores y con una estética determinados. Y éstos cambian con el reemplazo de las generaciones. En el caso que nos ocupa, las actitudes y valores de los que han nacido y crecido en un ambiente de necesidad poco tienen que ver con los que lo han hecho en un ambiente de bienestar y de seguridad económica. Quienes nunca han conocido la escasez hablan, piensan, sienten, cantan, visten, comen, estudian, trabajan, se divierten... y votan de modo diferentes. Los que han padecido aquellos sabañones que nacían de calentarse a carón do lume o ante el brasero son diferentes a los que ya nacieron funcionando la calefacción central. Ahora todo es más blando, más ecológico, más guay, más ambiguo e indeterminado: se puede ser, a la vez o alternativamente, hombre o mujer, rico o pobre, joven o viejo, culto o palurdo, agnóstico o creyente, serio o festivo. No hay aristas: todo es software . Son los valores y la estética posmaterialistas. Espero que ahora no resultará difícil comprender que quienes son o se creen posmodernos hayan preferido la sonrisa, la blandura y el traje gris de Bambi ZP a la seriedad , la dureza y el traje negro del señor del bigotito. Quien, además, siempre que aparecía en la pantalla del televisor, lo hacia riñendo a alguien. Y quien, además, en plena campaña se había permitido acusar de blandura a su presunto sucesor. La P de ZP Un cuervo que había perdido un ojo en la batalla de las Ardenas y que no podría disimular el cabreo que le producía el elogio de la blandura interrumpió el discurso diciendo: la dureza del mundo sólo se vence con dureza y no con juegos de prestidigitación. Sin perder la calma, el profesor le contestó: ciertamente, ni la política ni la vida son una novela rosa. Pero esa dureza del discurso político que jamás concede nada al adversario suena hoy en los oídos posmodernos como algo incivil y rudimentario. Como una reminiscencia tribal: de cuando para aglutinar al propio grupo había que despedazar -e incluso comerle las entrañas- al grupo ajeno. Y contra lo que usted crea, el oficio del político se parece bastante al del que divierte -y embauca- a la gente sacando de una chistera conejos y pañuelos. Prestidigitador. Ahora se ve más claro: de ahí es de donde viene la P de la sigla ZP. Los cuervos eran cuervos, no palomas ni gallinas. Tenían tras de sí una larga tradición crítica y no todos quedaron aparvados por el discurso del profesor. Un cuervo que vivía cargado de hipotecas en Carabanchel y para el que poder llevar a comer a su familia a un restaurante de tres tenedores era una gran fiesta dijo: A mí todo eso del predominio de los valores posmaterialistas en la sociedad del bienestar me suena a cuento chino. Lo que veo es que la gente está más interesada que nunca en ganar dinero. Sin dirigir la mirada al objetante el profesor contestó: el hecho es cierto. Pero los bienes económicos no se buscan ahora para cubrir necesidades sino por razones de moda y de prestigio. Cada vez es menor el número de cosas que se adquieren para que duren toda la vida. El consumo ha ganado la batalla. La revolución hippy is over . Ser pobre es antiestético y en algunos ambientes empieza incluso a ser algo así como culpable.