POR LO OÍDO un día sí y otro también en la comisión de investigación del 11-M, va extendiéndose la idea de que el Gobierno del PP estaba hace unos meses obsesionado con ETA militar. Y la de que pudo ser tal obsesión la que facilitó la comisión de los horribles atentados de Madrid. Fíjense bien en las palabras, pues las palabras, como las armas, las carga también a veces el diablo: se dice que el Gobierno estaba obsesionado , no ocupado, agobiado o desbordado. No, el Gobierno estaba, al parecer, obsesionado , es decir, dominado por una obsesión, por «una perturbación anímica producida por una idea fija» o una «idea que con pertinaz persistencia asalta la mente», según define el vocablo «obsesión» el Diccionario. Lo decían el otro día Agustí Cerdá y Emilio Olabarría, respectivamente diputados de ERC y el PNV, al ser preguntados sobre la posibilidad de que la masacre de Madrid pudiera haber sido evitada. «Los poderes públicos estaban obsesionados con ETA», afirmaba Olabarría. «Hubo despiste por la obsesión con ETA», insistía Cerdá en plena coincidencia. Y lo decía también anteayer el ex-jefe de los servicios de inteligencia del Estado, Jorge Dezcallar, quien manifestó ante los diputados de la comisión del 11-M que el Gobierno de Aznar estaba obsesionado con ETA militar. La impresión que cualquier observador neutral podría obtener de esa cascada de opiniones es la de que el Gobierno español se había obsesionado con ETA por que sí o, como llegó a decir Cerdá con un cinismo colosal, «porque ETA le daba juego político». Un gran juego, desde luego, sólo que un poco peligroso, pues el de ETA es de esos juegos que suelen conducir directamente al hospital o al cementerio. Que se lo pregunten, si no, o a los cientos de altos cargos del PSOE y del PP que dentro y fuera del País Vasco y de Navarra llevan escolta desde que salen de sus casas para evitar que un etarra se los lleve de un pistoletazo por delante. No, ni los Gobiernos de Aznar, ni antes los del Partido Socialista, ni ahora el de Rodríguez Zapatero, han estado nunca obsesionados con ETA, por la sencilla razón de que su gran preocupación y su constante dedicación a la lucha contra la banda terrorista han estado siempre justificadas plenamente: ETA ha sido durante muchos años la única amenaza criminal contra nuestra convivencia en paz, libertad y seguridad; y ha sido la lucha sin cuartel contra los pistoleros, sus amigos y sus cómplices la que ha permitido, tras cientos de muertos y miles de heridos, aislar a ETA hasta el punto de que alguien pueda decir hoy, sin que se le caiga la cara de vergüenza, que la lucha contra ella fue un día la obsesión de un gobierno democrático.