Espías

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA | O |

16 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SE DIRÍA que la profesión de espía cotiza a la baja, después de las andanadas que han recibido los servicios secretos de EE.UU. y el Reino Unido. Quizá hay que releer al John Le Carré de «El sastre de Panamá» o «La casa Rusia» para darse cuenta del margen de manipulación que es posible introducir en los procesos de espionaje. Si además hay unos intereses políticos detrás que empujan en una dirección concreta, esos márgenes se amplían considerablemente. Por este camino, todo lo que no se puede negar, se convierte en posible, y si es posible, se puede encontrar una confusa pista que le preste un aval. Así se llega a las armas de destrucción masiva, aunque no existan. Es algo que podría explicar mejor que nadie el número dos del Pentágono, Paul Wolfowitz, un ideólogo de indudables habilidades que falla más que una escopeta de feria en sus predicciones. Aunque es probable que las haga para que surtan efecto sólo mientras son predicciones y se olviden de ellas antes de que deban someterse al cotejo de la realidad. Según Le Carré, «los espías de ahora no se mueven por ideales sino por dinero». No es así. Ahora son profesionales que sirven a su país, pero a veces no saben muy bien cómo hacerlo. Simplemente.