Quintana en la Quintana

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

ESTE AÑO -bisiesto y xacobeo--veremos a Quintana hablando en la Quintana. La crisis que atraviesa el nacionalismo gallego presagia una de las manifestaciones más grandes y apasionadas de cuantas han desfilado por Santiago desde la muerte de Franco, y una tribuna más caracterizada por la ausencia de Beiras que por la presencia del nuevo líder del BNG, será la evidencia de que los manifestantes de antes se están haciendo viejos, y de que, con la sola excepción de Fraga, todo fluye y se transforma -como decía Heráclito- al borde del Finis Terrae . Con un escenario de crisis social y electoral evidente, con una organización alporizada y dividida, y con Xosé Manuel Beiras y Paco Rodríguez enfrentados en un pulso estéril y suicida, Anxo Quintana se ha convertido en la única esperanza que tienen los nacionalistas para conservar intacta su organización, y para no ser desplazados por un bipartidismo PP-PSOE que se muestra más hegemónico que nunca. Por eso cabe decir que el portavoz nacional del BNG se juega mucho en este envite, ya que sólo un discurso perfecto y ajustado puede librarle de la odiosa comparación que le estamos preparando los comentaristas, los líderes de las restantes fuerzas políticas y los miles de votantes que quieren demostrarse a sí mismos que Galicia se está quedando rezagada en la carrera autonómica por culpa de los dirigentes, y no por la actitud de un pueblo que prefiere vivir de la sopa boba antes que ganarse el futuro con el sudor de la frente. Quintana, el que va a hablar en la Quintana, es un hombre inteligente y decidido, y tiene un diagnóstico muy elaborado de lo que está pasando en su organización. Su estrella -no sé si buena o mala- le llevó a dirigir el BNG en el justo momento en que hace crisis el modelo del frentismo opositor para pedir a gritos la creación de un partido moderno y flexible, capaz de gobernar. Pero el momento está preñado de incertidumbres y celadas, y todo hace suponer que ha de dirimir el futuro en medio de un espantoso dilema: mal si rompe con los históricos y mal si se queda preso en ellos; mal si se radicaliza en las posiciones nacionalistas y mal si las abandona; mal si juega a la par de las nacionalidades históricas, y mal si se apea del carro de cabeza; mal si pone orden con mano de hierro, y peor aún si coquetea con el desorden. Nadie sabe qué hacer ni como aconsejarle. Pero si yo estuviese en tal trance, llegaría a la Quintana disfrazado de Pizarro, y trazaría una raya en el suelo con la punta de espada. Luego diría: «Os que queiran seguirme que crucen a raia». Y emprendería la conquista del futuro con «los trece de la fama». Porque más, la verdad, no creo que haya.