RESULTA asombrosa la tendencia que tenemos los seres humanos a repetir los errores del pasado, a despreciar la experiencia histórica acumulada, a ignorar incluso vivencias propias cercanas en el tiempo. Con injustificable frecuencia solemos tropezar varias veces en la misma piedra y, desde luego, no parecemos dispuestos en absoluto a aprender en cabeza ajena. Todo ello es aplicable a la vida política que, obvio es decirlo, no está al margen de las normas que presiden el comportamiento humano. La deriva que ha tomado el Partido Popular tras las elecciones generales es el paradigma de ese comportamiento irresponsable. En efecto, cuando el PP en vez de analizar los diverso factores que le llevaron a la derrota electoral intenta justificar ésta con argumentos inaceptables, no hace sino profundizar su crisis y su descrédito. Y esa misma e irrefrenable tendencia a reincidir en el error parace animar a Rajoy cuando se presta a dar cobertura al inefable Trillo, o a justificar, contra las abrumadoras evidencias, la delirante gestión que su gobierno -con Aznar y Acebes a la cabeza- hizo de la crisis que tuvo lugar en España entre los días 11 y 14 de marzo. Por ese camino, Rajoy sólo conseguirá volver a estrellar el tren popular en la misma piedra que lo hizo descarrilar el 14-M. Tampoco parece que el secretario general del PP haya tomado nota de la experiencia ajena. En 1996, el PSOE perdió las elecciones generales por el escaso margen de 300.000 votos, lo que permitió a Felipe Gonzalez despedirse de sus seguidores afirmando, aparentemente satisfecho, que le había faltado una semana o un debate para ganar las elecciones. Aquella noche electoral se acuñó el concepto de la derrota dulce. Sin embargo, muy pronto pudo comprobar el PSOE que no existe dulzura alguna en la derrota. Sin credibilidad para ejercer la oposición, incapaces de asumir sus errores, inmunes a la crítica de los ciudadanos y renuentes a cualquier proceso de renovación, los dirigentes socialistas, con González y Almunia a la cabeza, no hicieron más que agudizar la crisis de su partido, conduciéndolo a la contundente derrota del año 2000. Fue preciso que transcurrieran ocho años, y que se acometiese un completo cambio generacional para que el PSOE pudiese ejercer de nuevo resposabilidades de gobierno en España. El resto del mérito, justo es reconocerlo, corresponde a José María Aznar y a sus disparatados delirios. No parece que Mariano haya sacado niguna enseñanza de una experiencia tan próxima. Al contrario, da la impresión de estar dispuesto a repetirla. Al secretario general del PP también le parece dulce la derrota cosechada por su partido en las elecciones europeas y, al parecer, su entusiasmo por la renovación es perfectamente descriptible. Pues bien, si en el próximo cogreso popular Rajoy no ignora las restricciones que Aznar pretende imponer al discurso político, y asume como propio el núcleo duro del equipo de su predecesor, se convertirá en el Joaquín Almunia del PP, y como aquél conducirá a su partido a una derrota estrepitosa. A la vuelta del verano sabremos con seguridad si Mariano Rajoy es de los que tropieza dos veces en la misma piedra.