NO HAY SOCIEDAD más enferma, ni más desgraciada, que aquella que siente la necesidad de levantar un muro para protegerse a sí misma, o para encerrar a otros en su triste destino. Y quizá no haya un mejor símbolo de la crisis política y moral que atraviesa el mundo a comienzos del tercer milenio que los 700 kilómetros de hormigón y alambre de espinos que está montando Ariel Sharon, para tratar de ocultar el problema humano que no sabe resolver. Lo que quizá ignora el belicista Sharon es que los muros siempre acaban cayendo, que no se le pueden poner puertas al campo, y que las ideas no se detienen ante los parapetos. Y por eso se me ocurre pensar que el violento e intratable primer ministro israelí ha sido elegido por Yahvé y Alá -«tanto monta, monta tanto»- como instrumento de la providencia divina. Primero se crea el artilugio que debe abrir los ojos a los pueblos judío y palestino, y obligarlos a replantear su modelo de convivencia, y después se derrumba por su propio peso, como hizo el muro de Berlín, para vergüenza y oprobio de los que lo construyeron, los que lo pagan, los que se fiaron de sus ventajas y los que crearon las doctrinas políticas que sirven de caldo de cultivo para estas atroces soluciones. Pero el muro, no nos equivoquemos, no es más que el síntoma de un problema que afecta a todo el Occidente, y cuya verdadera esencia está en la elección de la guerra como instrumento de acción política. Lo que hace posible este muro que Israel no se atrevió a levantar hasta ahora es el nuevo ideal de la seguridad, la división del mundo en buenos y malos, la adopción del terrorismo como clave de interpretación de todas las políticas y la fe ciega en el poder militar, como antídoto de todos los problemas sociales, incluidos, por supuesto, la represión y el hambre. Con la lógica de Bush, el muro de Sharon es la solución perfecta y más recomendable. Y con la misma lógica, los jueces del Tribunal Internacional de Justicia no son más que unos dilectante entrometidos que invaden con sus andrómenas el campo de acción de los políticos. Claro que el muro de Cisjordania tiene la ventaja de que es visible y sólido, y que, además de ser dinamitable y susceptible de contener infinitos graffitis -¡this wall must fall!-, también se puede mear contra él. Mientras que los muros que nos están construyendo en Europa y Estados Unidos, por idénticas razones, son invisibles, inmunes a la dinamita, y no sirven para ninguna función fisiológica, aunque consiguen encerrarnos en nuestra propia ignorancia, sin provocar siquiera la rabia y la conciencia de injusticia que sienten los palestinos. Porque a nosotros nos hacen muros dorados.